Introducción
Homero contó cómo Ulises se salvó del canto de las sirenas con cera en los oídos y atado al mástil. Kafka toma ese mito y lo retuerce en una página: ¿y si las sirenas, ante un héroe tan seguro de sí, hubieran callado? Porque —descubre el relato— tienen un arma aún más terrible que el canto: su silencio, y contra el silencio no hay cera que valga.
Lo genial es el desenlace. Ulises no oye el canto (que no existe) porque se ha tapado los oídos; y tampoco advierte el silencio, porque cree estar oyendo. Su ilusión lo protege de una amenaza que jamás percibe. ¿Se salvó por astucia o por suerte? El propio Kafka añade un apéndice tramposo: quizá Ulises, tan zorro, notó el silencio y solo fingió no notarlo, sosteniendo la ilusión «como un escudo».
Una miniatura perfecta sobre cómo, a veces, los medios más pueriles nos salvan, y cómo la ignorancia y la astucia se confunden.