Introducción
Hay novelas que nacen de una pregunta absurda y terminan siendo, sin que nadie lo esperara, una reflexión sobre la ambición humana y sus límites. El secreto de Maston es exactamente eso: un libro que arranca con una premisa casi cómica —¿qué pasaría si alguien quisiera mover el eje de la Tierra?— y que, antes de que el lector se dé cuenta, lo ha arrastrado a una aventura donde la ciencia delira, los personajes obsesionan y el mundo entero tiembla ante la locura de unos pocos hombres convencidos de que el progreso no tiene techo.
Julio Verne llevaba décadas construyendo su catedral particular: ese universo de máquinas prodigiosas, exploradores temerarios y sabios excéntricos que llamamos los Viajes Extraordinarios. Pero en esta novela tardía, publicada en 1889, algo ha cambiado en su mirada. El entusiasmo juvenil de las grandes expediciones se ha templado con una ironía más fina, casi voltairiana. Los héroes ya no son capitanes románticos sino ingenieros y financieros, y el enemigo no es el océano ni el polo: es la desmesura de la inteligencia cuando se divorcia de la prudencia.
El personaje que da título al libro, J. T. Maston, es una de las criaturas más singulares que Verne puso jamás sobre el papel. Matemático genial, veterano mutilado de guerras absurdas, miembro del célebre Gun Club de Baltimore —ese club de artilleros que ya conocimos en De la Tierra a la Luna—, Maston guarda en su cabeza un secreto capaz de alterar la geografía del planeta. Lo que hace Verne con él no es simplemente construir un villano ni un héroe: es trazar el retrato de una mente que ha confundido la ecuación con la realidad, el cálculo con la consecuencia.
La novela funciona también como una suerte de thriller avant la lettre. Hay una persecución, hay un código cifrado, hay una mujer extraordinaria —Mrs. Evangelina Scorbitt— cuya inteligencia y determinación desmienten cualquier acusación de que Verne no sabía escribir personajes femeninos. Y hay, sobre todo, una tensión que no decae: el lector sabe que algo terrible podría ocurrir, y sin embargo no puede dejar de seguir leyendo, fascinado por la elegancia con que Verne mezcla el rigor científico con el disparate más delicioso.
Porque eso es lo que distingue a Verne de tantos imitadores: su ciencia nunca es decorado. Cuando habla de mecánica celeste, de ángulos de inclinación, de la fuerza necesaria para modificar la órbita terrestre, lo hace con una precisión que seduce incluso al lector que no recuerda nada de física. La verosimilitud no viene de los datos, sino de la pasión con que los personajes los defienden. Uno termina creyendo en sus ecuaciones como se cree en las convicciones de un fanático.
Leer El secreto de Maston hoy tiene además una dimensión que Verne no podía prever del todo: vivimos en una época en que la tecnología vuelve a plantear preguntas sobre hasta dónde debe llegar el poder humano sobre la naturaleza. Sus ingenieros del siglo XIX, con sus proyectos colosales financiados por capitales internacionales y ejecutados sin consultar a nadie, resultan inquietantemente familiares.
Pero no hace falta buscarle alegorías para disfrutarla. Basta con dejarse llevar por ese ritmo nervioso, por los diálogos chispeantes, por la geografía fantástica que Verne despliega con la naturalidad de quien ha viajado mentalmente a todos los rincones del globo. Es una novela que se lee con una sonrisa en los labios y, de vez en cuando, con un escalofrío.
El secreto está a punto de revelarse. Solo hay que pasar la página.