Introducción
Hay relatos que no se leen: se padecen. «El sabueso» es uno de ellos. En apenas unas páginas, Howard Phillips Lovecraft consigue que el lector sienta algo difícil de nombrar con precisión —no exactamente miedo, sino algo más antiguo y más perturbador: la certeza de que el universo guarda rencores que los seres humanos no deberían despertar jamás.
Lovecraft escribió este cuento en 1922, y en él destila con una pureza casi química todo lo que lo obsesionaba: la transgresión de límites que no fueron trazados para ser cruzados, el horror que no viene del exterior sino que es convocado por la propia arrogancia del hombre, y ese sonido —ese sonido— que persigue a sus protagonistas más allá de toda lógica y toda distancia. Porque «El sabueso» es, entre otras cosas, un relato sobre el sonido. Sobre lo que se escucha cuando no debería escucharse nada.
Sus dos protagonistas son coleccionistas de lo macabro, jóvenes hastiados que han ido tan lejos en su búsqueda de sensaciones prohibidas que ya casi nada los estremece. Hasta que roban algo que no debían robar. Lovecraft no necesita más que ese punto de partida para desencadenar una persecución que no respeta las leyes del espacio ni del tiempo, y que tiene la textura pegajosa e inevitable de las pesadillas más tenaces.
Lo que hace singular a este relato dentro de la obra del autor es su intensidad concentrada. Lovecraft, que en otros textos construye el horror con paciencia arquitectónica, aquí lo lanza desde el principio como un galgo. La prosa es febril, casi barroca, cargada de adjetivos que se acumulan como nubes de tormenta. Algunos lectores han encontrado en ese exceso un defecto; otros —y entre ellos me cuento— lo consideran parte esencial del efecto: esa escritura que jadea y se desborda es el equivalente estilístico del pánico que describe.
También es uno de los primeros textos en los que aparece el Necronomicón, ese libro maldito que Lovecraft inventó y que desde entonces ha adquirido una vida propia casi independiente de su creador. Aquí no es todavía el monumento mítico que será en otros relatos; es una presencia más íntima, más sucia, más peligrosa precisamente porque está al alcance de la mano.
Leer a Lovecraft en el siglo XXI exige un pequeño pacto: aceptar una sensibilidad que es, en muchos sentidos, la de un hombre profundamente marcado por sus propios terrores y prejuicios. Pero «El sabueso» es uno de esos relatos donde todo eso queda subsumido por algo más poderoso: la convicción genuina de que el cosmos es indiferente, que la curiosidad tiene un precio, y que hay puertas que, una vez abiertas, no vuelven a cerrarse del todo.
Es un cuento breve. Se puede leer en una tarde, en un tren, en la quietud de una noche cualquiera. Pero conviene saber que, cuando termine, puede que prestes atención a ciertos sonidos que antes ignorabas. Algo que aúlla, lejanísimo, en una frecuencia que no debería existir.