Introducción
En un pueblo de Devon llamado Buckfastleigh puede visitarse todavía una tumba extraña, cercada por una reja, sobre la que la gente asegura que en las noches de tormenta se reúne una jauría de perros espectrales. Bajo esa losa yace Richard Cabell, un escudero del siglo XVII con fama de hombre monstruosamente malvado que, según la leyenda, vendió su alma al diablo. De esa historia real, que un amigo periodista le contó durante unas vacaciones, sacó Arthur Conan Doyle la semilla de El sabueso de los Baskerville, para muchos la mejor novela de misterio jamás escrita.
La trama nace de una maldición familiar. Desde hace generaciones, un sabueso infernal —enorme, de ojos y fauces de fuego— persigue a los Baskerville por los páramos de Dartmoor. Cuando Sir Charles aparece muerto, con el rostro desencajado por el terror y las huellas de un perro gigantesco junto al cuerpo, la pregunta que lo desata todo es la misma que sostiene el libro entero: ¿puede una leyenda matar, o el monstruo tiene manos humanas?
Hay un detalle que da a la novela un aura casi milagrosa: cuando Doyle la escribió, Sherlock Holmes estaba muerto. Harto de su personaje, lo había despeñado años antes por las cataratas de Reichenbach. Pero la fuerza de esta historia lo obligó a resucitarlo —situándola antes de aquella caída—, y el reencuentro con el detective fue tal que el público ya no lo dejó marchar de nuevo. La aventura que devolvió a Holmes a la vida es, no por casualidad, su obra maestra.
Su gran acierto es enfrentar dos formas de mirar el mundo. Por un lado, la superstición: el páramo tenebroso, la bestia de la leyenda, la sensación de que algo antiguo y maligno acecha en la niebla. Por otro, la fría luz de la razón que encarna Holmes, para quien no hay enigma que la observación y la lógica no puedan disolver. Toda la novela es, en el fondo, un duelo entre el miedo y la inteligencia.
Y Doyle juega con maestría a asustarnos. Durante buena parte del relato, Holmes desaparece y es el fiel doctor Watson quien investiga solo en la mansión, rodeado de vecinos sospechosos y de un paisaje que parece vivo y hostil; esa ausencia multiplica la inquietud. Pocas veces un escenario ha pesado tanto: el páramo, con sus ciénagas traicioneras y su bruma perpetua, es casi un personaje más, y de los más peligrosos.
Lo que eleva el libro por encima del puro susto es su honradez como enigma. Doyle no hace trampa: todas las pistas están ahí, a la vista, esperando a que el lector —como Holmes— aprenda a mirarlas. Esa promesa de que el mundo es descifrable, de que detrás del horror hay siempre una explicación, es el corazón del género policíaco que estas páginas ayudaron a levantar.
No necesitas conocer ninguna otra aventura del detective para disfrutarla; es, de hecho, la mejor puerta para entrar en su mundo, y funciona igual que el primer día: engancha desde la leyenda inicial y no suelta hasta el final.
Una tumba con jauría de fuego, una maldición de siglos y un aullido en la niebla: eso es lo que Doyle pone sobre el tablero. La otra mitad de la partida —la que separa la leyenda del crimen— la juegas tú al leer. Empieza por la superstición; Holmes empezará por las huellas.