Introducción
Uno de los relatos más conmovedores y singulares del canon de Sherlock Holmes, notable por dos razones: es uno de los poquísimos casos en que el gran detective se equivoca por completo, y encierra un mensaje de tolerancia sorprendentemente adelantado a su tiempo. Grant Munro acude angustiado a Baker Street: su querida esposa Effie, siempre franca y cariñosa, se comporta desde hace poco de manera inexplicable. Ha ido a escondidas a una casita vecina donde, tras la ventana, un rostro rígido y amarillento de aspecto siniestro lo observa.
Effie ha pedido dinero a su marido sin explicación, sale de casa por la noche y niega haber estado en el lugar donde él la ha visto. Holmes, sopesando los indicios, elabora una teoría segura: el primer marido de Effie, al que creía muerto, ha reaparecido y la está chantajeando, oculto en aquella casa. Con esa convicción, los tres irrumpen en la vivienda.
Pero la verdad es muy distinta y profundamente humana. El rostro amarillo era una máscara que cubría a una niña: la hija que Effie tuvo con su primer esposo, un estadounidense negro ya fallecido. Effie, temiendo el rechazo, había dejado a la pequeña en América y luego la trajo en secreto a Inglaterra, ocultándola. Al descubrirse todo, Grant Munro, en un gesto que Watson «gusta de recordar», levanta a la niña, la besa y acoge a madre e hija: «no soy un hombre muy bueno, pero creo que soy mejor de lo que me has dado crédito». Y Holmes, humillado por su error, pide a Watson que le susurre «Norbury» al oído cada vez que se vuelva demasiado confiado. «El rostro amarillo» es una joya sobre el amor, los prejuicios y la humildad.