Introducción
Hay escritores que conocen el mar desde los libros, y hay escritores que lo conocen desde las manos. Jack London pertenecía sin remedio a los segundos. Antes de cumplir veinte años ya había sido cazador de focas en el Pacífico norte, había remado durante semanas por aguas que mataban a los hombres de frío, había dormido en bodegas de barcos que olían a sal podrida y a peligro. Cuando London ponía a un personaje frente al océano, no estaba imaginando: estaba recordando.
«El rojo» nace de esa memoria corporal, de ese conocimiento que no se aprende en ningún aula. Es un relato breve —casi un destello— pero tiene la densidad de algo mucho mayor. London nos lleva a los mares del Sur, a esas islas que el siglo XIX europeo había convertido en fantasía y paraíso, y allí coloca a un hombre que parece arrancado de una leyenda: alto, pelirrojo, de una belleza casi sobrenatural, que navega entre islas como si el mundo entero fuera suyo. Un hombre al que los nativos llaman, simplemente, el Rojo.
Pero London nunca fue un escritor de postales. Lo que le interesa no es el exotismo decorativo sino la colisión: entre culturas, entre tiempos, entre lo que un hombre fue y lo que el tiempo hace con él. En muy pocas páginas construye algo que se parece mucho a una meditación sobre la gloria y su reverso, sobre cómo la vida puede ser intensa y hermosa y devastadora casi al mismo tiempo, casi en el mismo gesto.
Existe en este relato una cualidad extraña, casi perturbadora: la de hacer que el lector sienta simultáneamente la atracción y la melancolía. London escribe con esa precisión suya, seca y musical a la vez, que convierte cada detalle —un color, una mirada, la textura del aire en una isla remota— en algo que pesa. No hay adorno gratuito. Cada imagen trabaja.
Vale la pena recordar que London escribió esto siendo todavía joven, en esa época prodigiosa en que publicaba con una urgencia casi física, como si supiera que el tiempo no le sobraría. Y tenía razón: murió a los cuarenta años, habiendo escrito más de lo que muchos escriben en ochenta. Esa prisa, lejos de notarse como descuido, en sus mejores textos se convierte en energía, en una corriente que arrastra al lector sin que este sepa muy bien cómo ha llegado al final.
«El rojo» es uno de esos textos. Corto, sí, pero no menor. Hay obras que se miden por su extensión y obras que se miden por lo que dejan después de leerlas, por esa especie de poso que permanece cuando ya hemos cerrado la última página. Este relato pertenece a la segunda categoría.
Si nunca has leído a London, aquí encontrarás una puerta perfecta: todo lo que lo hace grande cabe en estas páginas. Si ya lo conoces, encontrarás algo que quizás habías pasado por alto, una joya algo escondida entre sus obras más celebradas. En cualquier caso, lo que te espera es literatura de la que importa: la que habla de los hombres, del tiempo que los transforma, y del mar que, indiferente y eterno, sigue siendo el mismo.