Introducción
Un viajero herido se ve obligado a pasar la noche en un castillo desierto de los Apeninos. En una torre, entre decenas de cuadros, la luz del candelabro cae de pronto sobre un retrato oval: el de una joven tan viva que lo hace estremecerse y cerrar los ojos. Fascinado, busca en un libro la historia de la pintura. Y lo que lee es una de las alegorías más perfectas de Poe sobre el arte que se alimenta de la vida.
Un pintor, «apasionado, estudioso, austero», que ya tenía «una esposa en su arte», se empeña en retratar a su joven mujer. Ella posa dócil semana tras semana en la torre sombría, mientras la salud se le apaga. Él, enloquecido por su obra, no ve que «los colores que extendía sobre el lienzo eran sacados de las mejillas» de ella. Cuando por fin da la última pincelada y exclama «¡En verdad que es la vida misma!», se vuelve hacia su modelo… y está muerta.
En apenas dos páginas, Poe condensa el horror y una idea vertiginosa: crear belleza puede costar la vida que la inspira. Un relato breve, atmosférico y perfecto, cumbre del cuento gótico.