Introducción
Dos comediantes de poca monta, Chanfalla y Chirinos, llegan a un pueblo con un espectáculo asombroso: un retablo de maravillas donde se aparecen prodigios bíblicos y mitológicos. Hay una sola condición para verlo: solo pueden hacerlo quienes son cristianos viejos y de sangre limpia, sin mancha de judío o converso. Quien no vea nada, quedará al instante bajo sospecha. Y así, cuando el retablo se «abre» y en él no aparece absolutamente nada, todo el pueblo empieza a ver.
Sobre esa idea sencilla y demoledora, Cervantes construye lo que muchos consideran el mejor entremés de la lengua española. Porque el verdadero espectáculo no está en el retablo vacío, sino en los espectadores: personas que gritan de asombro ante lo que no existe, que se felicitan por «ver», que compiten por demostrar su pureza, aterradas ante la posibilidad de ser señaladas.
Es, cuatro siglos antes de tiempo, la fábula del rey desnudo, pero con un filo social muy concreto. Cervantes apunta directamente a la obsesión de la España de su época por la «limpieza de sangre» y la honra, ese sistema de prejuicios que dividía a las personas por su origen y que empujaba a fingir, a ocultar, a mentir por miedo. La comedia se convierte así en un espejo incómodo de toda una sociedad.
Y lo hace, además, sin sermones. Cervantes no acusa: hace reír. Deja que los propios personajes se delaten, que su cobardía y su vanidad hablen por sí solas. El humor es aquí el disolvente perfecto de la hipocresía, y la risa, una forma de lucidez. Pocas veces una crítica tan seria se ha vestido con ropa tan ligera.
Lo asombroso es lo poco que ha envejecido. El mecanismo que retrata —la gente que aplaude lo que no ve por temor a desentonar, la presión del grupo, el miedo a ser distinto— sigue funcionando hoy en cualquier moda, consigna o verdad impuesta. Por eso El retablo de las maravillas se sigue representando y estudiando como una pieza de una modernidad sorprendente.
Se lee en un cuarto de hora y no se olvida. Es la puerta perfecta al Cervantes dramaturgo, ese que, en apenas unas páginas, era capaz de encerrar una verdad sobre el ser humano.
Siéntate frente al retablo vacío y observa cómo el pueblo entero decide ver. Descubrirás por qué esta pequeña comedia es una de las cumbres del ingenio cervantino.