Introducción
Hay cartas que no deberían responderse. Hay correspondencias que empiezan en la curiosidad intelectual y terminan en algo que el destinatario no puede nombrar del todo, algo que se instala entre las costillas como un frío que no viene del invierno. Lovecraft lo sabía, y en El que susurra en la oscuridad convirtió ese miedo tan preciso —el miedo a haber confiado demasiado, a haber cruzado sin darse cuenta una frontera que no tiene vuelta— en una de sus construcciones más perfectas y más perturbadoras.
Escrita en 1930, esta novela corta ocupa un lugar singular dentro de la obra de Lovecraft porque trabaja con una herramienta que pocas veces se le reconoce: la paciencia. No hay aquí el estallido inmediato del horror, sino su acumulación metódica, casi científica. El relato avanza como una investigación, con la calma aparente de quien cree que la razón puede ordenar lo que encuentra, y esa calma es precisamente lo que hace que el suelo ceda tan despacio y tan del todo.
El punto de partida es casi periodístico: las inundaciones en Vermont han arrastrado cadáveres extraños, cuerpos que no corresponden a ninguna criatura conocida. Un folklorista de Providence decide investigar los rumores locales sobre seres que habitan las colinas más remotas. Hasta ahí, podría ser el arranque de una historia de detectives rurales. Pero Lovecraft tenía otros planes, y esos planes implicaban a los Mi-Go, seres venidos de Yuggoth —ese planeta frío al borde del sistema solar que él imaginó antes de que Plutón tuviera nombre oficial—, y una correspondencia epistolar que se vuelve cada vez más íntima, más urgente y más imposible de abandonar.
Lo que distingue a este relato de gran parte de la producción lovecraftiana es su estructura de trampa. El lector, como el protagonista, recibe información dosificada con una generosidad aparente que en realidad es una forma de cerco. Cada carta que llega parece abrir una puerta; solo al final se comprende que todas esas puertas daban al mismo lugar.
Lovecraft era un hombre que vivió gran parte de su vida adulta a través de la correspondencia. Se calcula que escribió más de cien mil cartas a lo largo de su vida, cartas largas, densas, llenas de ideas y de esa mezcla característica de erudición y angustia cósmica. No es difícil imaginar que conocía bien la vulnerabilidad específica de quien espera una respuesta, de quien construye una relación entera a través del papel y la tinta. En El que susurra en la oscuridad esa vulnerabilidad se convierte en el mecanismo central del horror.
Hay algo más que merece señalarse: Lovecraft escribió esta historia en un momento en que su mitología de los Grandes Antiguos ya estaba tomando forma definitiva, y este relato es una de sus articulaciones más coherentes y más inquietantes. No necesita conocerse nada de ese universo para leerlo; pero quien ya lo conoce encontrará aquí una pieza que encaja con una precisión que da vértigo.
El horror de Lovecraft nunca fue el de la sangre ni el del monstruo que salta desde las sombras. Fue siempre el horror del conocimiento: la idea de que hay verdades sobre el universo que la mente humana no está equipada para sostener, y que buscarlas no es valentía sino una forma particular de ingenuidad. El que susurra en la oscuridad es quizás su demostración más elegante de esa tesis.
Abra estas páginas, entonces, con la misma disposición con que su protagonista abre la primera carta: convencido de que sabe lo que está haciendo, curioso, razonablemente escéptico. Esa es exactamente la actitud que Lovecraft necesitaba de usted.