Introducción
Un piloto, un desierto, una avería. Así de escueto arranca uno de los libros más queridos del mundo y, sin embargo, esas tres palabras esconden ya su secreto: la soledad de un hombre adulto, varado lejos de los suyos, a quien la casualidad —o algo que se le parece— le pone delante a un niño imposible. «Por favor… dibújame un cordero.» Con esa petición absurda, dicha en mitad de la nada, empieza una de las amistades más tiernas que ha dado la literatura.
Antoine de Saint-Exupéry no era un escritor de gabinete: era aviador, de los pioneros que llevaban el correo por rutas que todavía mataban. Conocía de primera mano el desierto, las averías, el cielo inmenso y el silencio de las noches sin nadie. De esa experiencia real —y de un accidente que estuvo a punto de costarle la vida en las arenas de Libia— nació esta fábula, escrita durante su exilio en Nueva York en plena guerra e ilustrada con sus propias acuarelas, esas que hoy reconoce medio planeta.
El principito viene de otra parte. De un asteroide diminuto, tan pequeño que basta correr la silla unos pasos para ver ponerse el sol tantas veces como uno quiera. Allí dejó una flor —una rosa vanidosa y frágil— de la que huyó porque no supo quererla, y a la que no deja de echar de menos. Su viaje por otros planetas es una galería de adultos absurdos: el rey que manda sobre nada, el vanidoso que solo oye aplausos, el hombre de negocios que cuenta estrellas creyendo poseerlas. Cada uno se toma tan en serio a sí mismo que ha olvidado lo esencial.
Y lo esencial es lo que el libro persigue, sin prisa, casi de puntillas. Lo dice el zorro, en la escena que tantos guardan de memoria: «No se ve bien sino con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos.» Domesticar, explica, es «crear lazos», hacer que alguien sea único entre mil iguales. Por eso la rosa del principito, idéntica a un millar de rosas, no se parece a ninguna: porque es la suya, porque le ha dedicado tiempo, porque se ha hecho responsable de ella.
No hace falta ser niño para entrar aquí, pero conviene recordar cómo se era. El libro está dedicado, con una disculpa conmovedora, a un amigo «cuando era niño», y toda su ironía apunta a las «personas mayores» que solo aman las cifras, que preguntan la edad y el dinero pero nunca el color de una voz. Leerlo de adulto es aceptar esa ternura burlona y dejarse desarmar por ella.
Hay, hacia el final, una despedida. No la contaremos, pero sí diremos que es de las que dejan un nudo en la garganta y una pregunta encendida: ¿qué hemos hecho con nuestra propia rosa, con la estrella a la que deberíamos volver? Pocas páginas tan sencillas han sabido decir algo tan hondo sobre el amor, la pérdida y lo que de verdad merece cuidarse.
Se lee en una tarde y se lleva encima toda la vida. Abra el libro sin prisa, deje que el desierto se despliegue y que el niño pregunte por su cordero. Quizá, al cerrarlo, mire el cielo de otro modo: sabiendo que en alguna de esas estrellas hay una flor y que basta con eso para que todas, de pronto, parezcan reír.