Introducción
Poe imagina una conversación entre dos espíritus que se deslizan «entre las praderas estrelladas más allá de Orión». Oinos acaba de morir y llega a la inmortalidad creyendo que ahora lo sabrá todo y será feliz. Y Agathos le corrige con una de las ideas más hermosas del cuento: «la felicidad no reside en el conocimiento, sino en la adquisición del conocimiento». Saber para siempre es la bendición; saberlo todo sería la maldición, porque extinguiría la sed que mantiene viva al alma.
De ahí, el diálogo asciende a una vertiginosa metafísica: la Deidad solo creó «en el principio», y todo lo demás nace por leyes secundarias. Como ningún movimiento se pierde, cada vibración del aire viaja para siempre, modificando cada partícula del universo. Y entonces la revelación que da título al cuento: si cada movimiento crea, y cada palabra es un impulso en el aire… cada palabra crea. Literalmente.
El final es de una belleza melancólica: Agathos confiesa que una estrella salvaje, de flores brillantes y volcanes furiosos, la creó él mismo hace tres siglos «con unas pocas frases apasionadas» a los pies de su amada. Un relato-poema sobre el saber, el deseo y el poder creador de la palabra.