Introducción
Uno de los cuentos morales más memorables de los hermanos Grimm, sobre la codicia que nunca se sacia. Un pobre pescador saca del mar un hermoso pez dorado que le habla: es un príncipe encantado y le ruega que lo devuelva al agua. El buen hombre lo suelta sin pedir nada a cambio. Pero cuando cuenta a su mujer lo sucedido, esta —avariciosa— lo reprende: ¿cómo no ha pedido nada, viviendo en semejante choza? Y lo envía de vuelta a la orilla a pedir una casa.
El pez concede el deseo. Pero la mujer no se detiene: quiere luego un castillo, después ser reina, más tarde emperatriz. Con cada nueva exigencia, el pescador regresa avergonzado a la orilla y repite su llamada —«Pececito dorado, mi buen amigo, ¿quisieras concederme lo que te pido?»—, y con cada deseo el mar se va oscureciendo y encrespando, reflejo de una ambición desbocada. El pez, paciente, sigue cumpliendo.
Hasta que la mujer, ya emperatriz, exige lo imposible: «quiero mandar en el sol y en la luna». Esta vez el pez responde con severidad —«Ya verás lo que merece la soberbia de tu mujer»— y lo revoca todo: el pescador vuelve a encontrar a su esposa a la puerta de la vieja y miserable choza donde siempre habían vivido. «El pescador y su mujer» es una parábola perfecta y perdurable: la avaricia sin medida acaba devolviéndonos a la nada.