Introducción
Hay escritores que parecen haber nacido con una pequeña grieta en la mirada, una hendidura por donde se cuela lo que los demás prefieren no ver. Ambrose Bierce fue uno de ellos. Veterano de la Guerra Civil americana, periodista feroz, hombre que al final de su vida cruzó la frontera hacia México y desapareció sin dejar rastro, Bierce construyó una obra que huele a pólvora y a sueño al mismo tiempo. «El pastor Haita» pertenece a esa veta suya menos conocida y quizás más perturbadora: la de los cuentos que parecen fábulas pero que esconden, bajo su aparente sencillez, algo que no termina de resolverse.
El relato nos lleva a un mundo que no es exactamente el nuestro. Hay un pastor, hay un dios menor y caprichoso llamado Hastur, hay praderas que podrían ser eternas, y hay una figura femenina que aparece y desaparece como la luz entre nubes. Todo suena antiguo, casi arcádico, como si Bierce hubiera querido escribir un mito griego pasado por el filtro frío de alguien que ya no cree en los dioses pero todavía los necesita para decir algo verdadero sobre los hombres.
Lo que hace singular a este texto entre la producción de Bierce es su tono. El autor de El diccionario del diablo y de relatos de terror tan cortantes como cuchillas aquí afloja, aparentemente, la tensión. La prosa se vuelve más lenta, casi musical. Pero esa calma es engañosa. Bierce nunca escribe sin veneno, y aquí el veneno es de los que actúan despacio: se instala en el lector mucho después de haber cerrado la página.
La historia de Haita es, en el fondo, una meditación sobre la felicidad y su naturaleza esquiva. No la felicidad como concepto abstracto de manual de autoayuda, sino la felicidad como experiencia vivida: esa cosa que solo existe cuando no se la persigue directamente, que se desvanece en el momento en que uno se vuelve para mirarla de frente. Bierce, con toda su amargura ganada a pulso, sabía perfectamente de qué hablaba.
También hay en el relato una dimensión que el tiempo ha vuelto involuntariamente célebre. El dios Hastur, mencionado de pasada en estas páginas, fue recogido años después por otros escritores y convertido en una de las entidades más inquietantes de la mitología de horror cósmico del siglo XX. Leer «El pastor Haita» hoy es, entre otras cosas, asistir al nacimiento discreto de algo que luego crecería en la oscuridad hasta volverse enorme. Hay algo fascinante en ese tipo de semillas literarias: pequeñas, casi inadvertidas, y sin embargo capaces de germinar durante décadas.
Pero sería un error leer este cuento solo como antecedente de otra cosa. Tiene su propia vida, su propia luz particular. Es un texto que habla de la devoción, de la inocencia, de lo que se pierde cuando uno empieza a hacerse preguntas que quizás no tienen respuesta. Y lo hace con esa economía de medios que distingue a los grandes cuentistas: nada sobra, nada falta, y sin embargo al terminar uno tiene la sensación de que había más de lo que alcanzó a ver.
Bierce escribió este relato en 1891, en plena madurez creativa, cuando ya llevaba años afilando su prosa en los periódicos de San Francisco. Sabía exactamente lo que hacía. Y lo que hizo fue dejarnos un cuento que parece pequeño y resulta ser hondo, que parece antiguo y resulta ser contemporáneo, que parece una fábula y resulta ser una pregunta sin respuesta cómoda.
Ábralo, pues, con la calma que él mismo pide. Déjese llevar por esas praderas y por ese pastor que cuida sus rebaños bajo la mirada de un dios indiferente. Y esté atento al momento en que algo, casi imperceptiblemente, empieza a torcerse.