Introducción
Hay libros que se leen y libros que se habitan. El mundo de Guermantes pertenece a la segunda categoría con una obstinación casi sobrenatural: uno no termina sus páginas, uno sale de ellas como se sale de una velada demasiado larga y demasiado brillante, con los oídos aún llenos de conversaciones ajenas y la extraña sensación de haber envejecido un poco.
Marcel Proust publicó este tercer volumen de En busca del tiempo perdido en 1920 y 1921, cuando ya era un hombre enfermo que escribía de noche en su habitación forrada de corcho, como si el silencio fuera la única materia con que podía trabajar. Para entonces llevaba años construyendo una catedral de palabras, y este volumen es, quizás, su nave central: el lugar donde la arquitectura se vuelve más audaz, donde las bóvedas suben más alto y donde la luz entra de manera más oblicua y más hermosa.
El narrador, ese joven sin nombre que es y no es el propio Proust, ha conseguido por fin lo que tanto deseó: cruzar el umbral del Faubourg Saint-Germain, ese olimpo parisino donde la aristocracia francesa guardaba sus rituales como si el mundo no estuviera cambiando a toda velocidad fuera de sus salones. Los Guermantes —y sobre todo la duquesa, esa mujer de ingenio cortante como bisturí— representan para él algo que va más allá de la ambición social: son una promesa de belleza, una ilusión de que existe algún lugar donde la vida alcanza su forma más perfecta.
Lo que Proust hace con esa ilusión es uno de los grandes ejercicios de honestidad que ha producido la literatura moderna. No la destruye con crueldad ni la defiende con nostalgia: la somete a la lupa más precisa que existe, que es el tiempo compartido con otras personas. Página a página, cena a cena, salón a salón, el narrador descubre que el brillo de los Guermantes no estaba donde él creía, y esa revelación —lenta, musical, inevitable— es el verdadero argumento del libro.
Pero reducir El mundo de Guermantes a una desilusión sería empobrecerlo enormemente. Proust es, ante todo, un escritor de la simultaneidad: mientras el narrador asciende socialmente, asiste al deterioro de alguien a quien ama; mientras los salones resplandecen, el affaire Dreyfus sacude los cimientos de esa sociedad y revela quién es quién cuando la comodidad se acaba. La Historia entra en los salones por las rendijas, y Proust la deja entrar sin aspavientos, con la misma naturalidad con que entra el frío.
La prosa de este volumen exige y recompensa en igual medida. Las frases de Proust son largas no por descuido sino por necesidad: necesitan ese espacio para rodear completamente a sus objetos, para no dejar escapar ningún matiz, ninguna contradicción, ninguna de esas verdades pequeñas que solo se ven cuando uno mira muy despacio. Leerlo es aprender a mirar despacio.
Y luego está el humor, que los lectores impacientes suelen perderse. Proust es extraordinariamente divertido. Sus retratos de la vanidad, del esnobismo, de la torpeza social tienen una precisión cómica que no ha envejecido un solo día, porque la vanidad humana tampoco ha envejecido.
Este es un libro para leer sin prisa, en el sentido más literal: sin la prisa que nos impide ver lo que tenemos delante. Proust no pide que uno abandone su vida para leerlo; pide, más bien, que uno la mire con otros ojos mientras lo hace. Esa es su promesa, y la cumple.