Introducción
Hay una iglesia abandonada en Providence, Rhode Island, que Lovecraft conocía bien. La había visto muchas veces, con su torre oscura recortada contra el cielo de Nueva Inglaterra, y algo en ella —su silencio, su anchura de sombra, la manera en que parecía guardar un secreto demasiado antiguo para ser contado— se le quedó dentro. De esa inquietud nació este relato, uno de los últimos que escribió antes de morir, y quizás el más perfecto de todos.
El morador de las tinieblas es, en apariencia, una historia de terror. Pero Lovecraft nunca escribió solo historias de terror: escribió cosmologías del miedo. Lo que le obsesionaba no era el monstruo que aparece, sino la certeza de que el universo es indiferente a nosotros, de que hay fuerzas tan antiguas y tan vastas que nuestra existencia entera no merece su atención. Esa idea, llevada hasta sus últimas consecuencias, produce algo más perturbador que cualquier criatura: produce vértigo.
El protagonista es un escritor joven que llega a Providence atraído por lo prohibido, por los rumores que rodean a una iglesia en ruinas en Federal Hill. Nadie del barrio se acerca a ella. Nadie la mira demasiado tiempo. Y él, claro, entra. Lo que encuentra allí dentro no es un fantasma ni un demonio en el sentido convencional: es algo que existía antes de que los seres humanos tuviéramos palabras para nombrarlo, algo que duerme en la oscuridad absoluta y que solo puede ser despertado por la luz.
Esa inversión es uno de los grandes hallazgos del relato. Aquí no es la oscuridad lo que amenaza: es la luz lo que desencadena el horror. Lovecraft convierte uno de los símbolos más antiguos de la esperanza y la razón en un detonador. Hay en eso una ironía filosófica que va más allá del género: la curiosidad ilumina, sí, pero también despierta lo que debería permanecer dormido.
El cuento tiene además una dimensión íntima que lo distingue. Lovecraft lo dedicó a Robert Bloch, el joven escritor que años después crearía Psicosis, y que en otro relato había matado, con afecto y humor, al propio Lovecraft como personaje. Este texto es la respuesta: Lovecraft toma el nombre de Bloch, lo convierte en protagonista y lo condena. Entre maestro y discípulo existía ese tipo de amistad literaria que solo es posible entre quienes se toman la ficción muy en serio, como si los mundos inventados tuvieran consecuencias reales.
Y en cierto modo las tienen. El universo que Lovecraft construyó a lo largo de su vida —los Mitos de Cthulhu, con sus dioses dormidos, sus tomos malditos, su geografía de lo imposible— es uno de los edificios imaginarios más influyentes del siglo XX. Este relato es una de sus piedras angulares, y al mismo tiempo una despedida: Lovecraft lo terminó en 1935, dos años antes de morir, casi en la pobreza, sin saber que su obra sobreviviría para fascinar a millones de lectores.
Leerlo hoy es entrar en contacto con una forma muy particular de la imaginación: una que no consuela, que no resuelve, que no ofrece héroes triunfantes. Lovecraft creía que el miedo más profundo es el miedo a lo desconocido, y pasó toda su vida perfeccionando la manera de hacérnoslo sentir. En este cuento lo logra con una economía y una precisión que asustan por sí solas.
La torre sigue ahí. La oscuridad dentro de ella, también.