Introducción
Hay lugares que la gente evita nombrar al anochecer. El Monte de las Ánimas, cerca de Soria, es uno de ellos: cuentan que allí, la Noche de Difuntos, los muertos que cayeron en antiguas luchas se levantan de sus tumbas y vagan entre los árboles. Con esa leyenda en el aire empieza uno de los relatos más escalofriantes que se han escrito en español.
La historia es engañosamente sencilla. Un joven y una muchacha, primos, regresan de cazar cuando cae la tarde de difuntos. Ella, hermosa y caprichosa, deja caer que ha perdido algo en el monte maldito y, medio en broma medio a propósito, pone a prueba el amor de él: ¿sería capaz de ir a buscarlo, esa misma noche, a ese lugar? Lo que sigue Bécquer lo administra con una maestría implacable.
El acierto del cuento está en cómo mezcla dos miedos. Por un lado, el terror sobrenatural del monte y sus ánimas; por otro, un miedo más íntimo y humano: el de la vanidad que juega con los sentimientos ajenos sin medir las consecuencias. La coquetería de ella y el orgullo herido de él encienden una tragedia que ningún fantasma habría provocado por sí solo.
Bécquer maneja el tiempo como pocos. La segunda mitad transcurre casi en una sola habitación, durante una larguísima noche en vela, y cada ruido, cada racha de viento, cada campanada se convierte en una vuelta de tuerca. El lector queda atrapado en esa espera igual que los personajes, sin saber qué es real y qué es imaginación del miedo.
Detrás late también el sello del autor: el amor como fuerza que arrastra hacia la muerte, la frontera porosa entre lo vivo y lo difunto, la naturaleza convertida en amenaza. Todo dicho con esa prosa suya tan cuidada, que parece susurrar y que va cerrando el cerco sin que apenas se note.
Es una lectura de una sentada, perfecta para una noche de otoño, y uno de esos cuentos que se recuerdan durante años. Si solo fueras a leer una leyenda de Bécquer, muchos elegirían esta.
Apaga las luces, deja que caiga la Noche de Difuntos sobre Soria y acompaña a estos dos jóvenes hasta el amanecer. Después, cuesta volver a mirar la oscuridad de la misma manera.