Introducción
Ambrose Bierce era, ante todo, un hombre que desconfiaba profundamente de la bondad humana. Veterano de la Guerra Civil americana, periodista feroz, autor de ese pequeño libro diabólico que es el Diccionario del diablo, Bierce construyó toda su obra sobre una certeza incómoda: que bajo la superficie de la virtud anida siempre algo más oscuro, más verdadero y más interesante. Cuando en 1892 publicó El monje y la hija del verdugo, demostró que esa mirada podía viajar siglos atrás y cruzar el Atlántico sin perder ni un gramo de su veneno.
La novela está ambientada en la Baviera del siglo XVII, un mundo de sotanas y cadalsos, de penitencia y sangre, donde un fraile dominico y la hija de un verdugo se encuentran en el lugar más improbable: en la frontera exacta entre la gracia y la condena. Bierce tomó como punto de partida una narración del escritor alemán Richard Voss y la rehízo a su manera, con esa prosa suya tan cortante, tan poco dispuesta a consolar.
Lo que hace singular a este libro entre toda la producción de Bierce es precisamente su contención. El hombre que escribía cuentos de terror donde los muertos regresaban y los soldados se ahorcaban solos aquí se permite algo más lento, más envenenado: una historia de amor imposible narrada con la frialdad de quien sabe de antemano cómo terminan estas cosas. No hay fantasmas, no hay trucos. Hay algo peor: la lógica implacable de una sociedad que decide quién merece ser amado y quién no.
El verdugo era, en aquella época, una figura de infamia ritual. No bastaba con que matara en nombre de la ley; la ley misma lo expulsaba del cuerpo social, lo marcaba como impuro. Su familia heredaba esa mancha. Su hija, por tanto, lleva sobre sí una culpa que no eligió, un estigma que precede a cualquier acto propio. Bierce entendió que ahí, en esa injusticia tan perfectamente institucionalizada, había una historia que decir.
Y el monje, claro. Un hombre de fe que descubre que la fe no lo protege de todo. Que hay formas de deseo y de ternura que no caben en ningún hábito, que se filtran por las costuras de la devoción más sincera. Bierce no lo ridiculiza ni lo condena; lo observa con esa atención clínica suya, casi entomológica, que es en el fondo una forma extraña de respeto.
Leer a Bierce siempre produce una sensación peculiar: la de estar en manos de alguien que no tiene ningún interés en caerte bien. Sus frases no buscan tu aprobación; te informan, te cortan, avanzan. Y sin embargo, en esta novela corta, esa dureza convive con algo inesperado, casi a su pesar: una melancolía genuina, la tristeza de quien narra una historia de amor sabiendo que el mundo que la rodea es más fuerte que ella.
Hay libros que se leen para confirmar lo que ya creemos, y libros que se leen para que alguien nos diga, con elegancia y sin piedad, lo que preferíamos no saber. El monje y la hija del verdugo pertenece a esa segunda familia. Es breve, es oscuro, es hermoso a su manera áspera. Y cuando termines la última página, es probable que te quedes un momento quieto, pensando no tanto en los personajes como en la clase de mundo que los hizo posibles, y en cuánto de ese mundo sigue, de una forma u otra, perfectamente vigente.