Introducción
«A menos que uno sea rico, no sirve de nada ser un chico encantador», arranca Wilde, y en esa frase ya está todo el cuento. Hughie Erskine lo tiene todo —belleza, simpatía, un perfil perfecto— menos dinero, y por eso el coronel no le deja casarse con Laura hasta que reúna diez mil libras imposibles.
Un día visita a su amigo pintor, que retrata a un viejo mendigo de aspecto lamentable. Conmovido por su miseria, Hughie le desliza a escondidas su última moneda de oro, aun sabiendo que eso le costará quincenas sin taxis. Solo después descubre la verdad: aquel «mendigo» harapiento es el barón Hausberg, uno de los hombres más ricos de Europa, posando por capricho para el cuadro.
Muerto de vergüenza, Hughie cree haber hecho el ridículo. Pero Wilde, maestro de los finales elegantes, le tiene reservada una sorpresa: la generosidad desinteresada del joven —dar lo poco que tenía al que creía más pobre— acaba siendo, contra todo pronóstico, la mejor inversión de su vida. Un relato breve, ingenioso y de moral encantadora.