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Portada de El modelo de Pickman

H. P. Lovecraft

El modelo de Pickman

Hay pintores cuya obra incomoda, cuya mirada parece provenir de un lugar al que ningún ser humano debería tener acceso. Lovecraft lo sabía, y en lugar de escribir sobre el horror abstracto que tanto le obsesionaba, decidió encarnarlo en un artista: Richard Upton Pickman, el pintor más perturbador que jamás habitó la ficción estadounidense. «El modelo de Pickman» es un relato breve, casi una conversación.
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Portada de El modelo de Pickman
El modelo de Pickman
H. P. Lovecraft

Introducción

Hay pintores cuya obra incomoda, cuya mirada parece provenir de un lugar al que ningún ser humano debería tener acceso. Lovecraft lo sabía, y en lugar de escribir sobre el horror abstracto que tanto le obsesionaba, decidió encarnarlo en un artista: Richard Upton Pickman, el pintor más perturbador que jamás habitó la ficción estadounidense.

«El modelo de Pickman» es un relato breve, casi una conversación. Un hombre le cuenta a otro, en la intimidad de una velada, por qué ha dejado de frecuentar a cierto pintor de Boston. Eso es todo. Y sin embargo, en esa estructura aparentemente sencilla —la confesión, el testimonio, la voz que tiembla al recordar— Lovecraft construye algo que se instala en la memoria con una persistencia inquietante, como una imagen que uno preferiría no haber visto.

Lo que hace singular a este cuento dentro de la obra de su autor es su concreción. Lovecraft, conocido por disolver el horror en lo innombrable y lo cósmico, aquí lo ancla en algo muy físico: lienzos, pigmentos, sótanos de piedra, la textura de una ciudad real. Boston no es un decorado genérico; sus callejuelas del North End, sus casas coloniales y sus rincones más antiguos se convierten en cómplices del espanto. La geografía tiene peso, tiene olor, tiene historia.

Y luego están los cuadros de Pickman. Lovecraft no los describe con el distanciamiento habitual de quien teme decir demasiado; los describe con una precisión casi técnica, como si hubiera estudiado cada pincelada. Lo que hace que esas descripciones sean tan eficaces es que no apelan al miedo de lo desconocido, sino al de lo reconocible: hay algo en las criaturas que pueblan esos lienzos que el narrador no puede —o no quiere— terminar de explicar.

El relato fue publicado en 1927, en la revista Weird Tales, y desde entonces no ha dejado de circular. Hay una razón para esa persistencia: Lovecraft encontró aquí una forma de hablar sobre el arte como umbral. La pregunta que late bajo la superficie no es solo qué pintaba Pickman, sino cómo lo pintaba, de dónde venía esa veracidad atroz que distinguía su obra de la de cualquier otro artista de lo macabro. La respuesta, cuando llega, es de una lógica implacable.

Leer este cuento es también pensar en la naturaleza del talento extremo, en esa incomodidad antigua que sentimos ante el genio que parece haber cruzado alguna frontera. ¿Qué precio se paga por ver lo que otros no pueden ver? ¿Qué se necesita contemplar para pintarlo con esa fidelidad? Lovecraft no moraliza; simplemente deja que las preguntas floten en el aire después de la última línea.

La forma elegida —el monólogo dramático, la historia contada de boca en boca— añade una capa de distancia que paradójicamente intensifica el efecto. No vemos nada directamente; todo nos llega filtrado por un narrador que ya sabe el final y que, aun así, no puede evitar contarlo. Esa compulsión de narrar el horror, incluso cuando hacerlo revive el espanto, es uno de los gestos más humanos de toda la literatura fantástica.

Pocas veces un texto tan corto ha dejado una imagen tan duradera. Cuando termine de leerlo —y lo terminará pronto, en una sola sentada, sin poder detenerse— es posible que mire de otro modo ciertas pinturas, ciertos artistas, ciertos sótanos. Esa es la marca de Lovecraft en su mejor momento: no el susto, sino la duda que permanece.

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Cada gran obra esconde gemas del pensamiento

Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

No toda frase es una gema: una gema se sostiene sola, dice algo profundo y resuena en cualquiera.

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