Introducción
Un músico peregrino llega, calado por la tormenta, a la puerta de una abadía en ruinas. Busca algo casi imposible de explicar: el Miserere perfecto, esa música capaz de expresar el dolor y el arrepentimiento como ningún hombre ha logrado escribirlos todavía. Un anciano le cuenta entonces una historia que hiela la sangre: en aquel monasterio derruido, ciertas noches, los monjes muertos regresan a cantar.
Así arranca El miserere, una de las leyendas en las que Bécquer volcó con más fuerza su alma de artista. Porque el verdadero protagonista no es un fantasma, sino el ansia de lo absoluto: la certeza de que existe una belleza situada más allá de lo humano, y el vértigo de quien se atreve a acercarse a ella.
El peregrino decide esperar a esa noche señalada para escuchar con sus propios oídos el canto de los muertos. Lo que presencia entre los arcos rotos supera cuanto había imaginado: una música que parece brotar de la piedra, del viento y del propio cielo. Y entonces nace su tragedia particular, la del creador que ha rozado lo sublime y necesita, cueste lo que cueste, retenerlo.
Bécquer conocía ese tormento de primera mano. Es el mismo que confesó en sus Rimas, cuando hablaba del «himno gigante y extraño» que oía dentro de sí y que las palabras nunca alcanzaban a domar. En El miserere traslada ese drama a un músico, pero el fondo es suyo: la distancia insalvable entre lo que el artista siente y lo que sus manos son capaces de fijar.
Pocas leyendas suyas trabajan tan bien el sonido. La prosa imita el crescendo de un órgano, acumula truenos, ecos y voces hasta convertir la lectura en una experiencia casi musical. Bécquer no describe la música: la hace resonar en la cabeza del lector, y ese es su mayor prodigio técnico.
Es una lectura breve e intensa, ideal para quien quiera entender por qué a Bécquer se lo considera el gran poeta del anhelo imposible. Detrás del relato de terror late una pregunta que interpela a cualquier creador —y a cualquier lector—: ¿qué pasa cuando la belleza que perseguimos es demasiado grande para nosotros?
Entra en esa abadía en ruinas la noche de la tormenta. Siéntate a esperar, como el peregrino, el instante en que los muertos levanten la voz. Es una de las páginas más sobrecogedoras y hermosas del Romanticismo español.