Introducción
Hay escritores que no pueden evitar ponerse del lado del que pierde. Jack London era uno de ellos. Nacido en la pobreza, obrero, vagabundo, buscador de oro y marinero antes de convertirse en el autor más leído de su tiempo, London sabía de primera mano lo que significa pelear contra algo más grande que uno mismo. Por eso, cuando se sentó a escribir sobre la Revolución Mexicana —ese tumulto de sangre y esperanza que sacudía al país vecino mientras él observaba desde California—, no eligió a un general ni a un caudillo. Eligió a un muchacho silencioso, casi invisible, que carga con un dolor secreto y una misión imposible.
Felipe Rivera es uno de los personajes más extraños y fascinantes que London creó jamás. Trabaja para la célula revolucionaria de Los Ángeles, hace los encargos más humildes, soporta el desprecio de sus propios compañeros, y nadie sabe bien de dónde viene ni qué lleva dentro. Hay en él algo cerrado como un puño, algo que los demás confunden con frialdad o con orgullo mal puesto. London construye ese misterio con una paciencia poco habitual en él, dejando que la pregunta sobre Rivera se instale en el lector antes de responderla.
Y la respuesta, cuando llega, lo cambia todo.
Porque El mexicano es, entre otras cosas, un relato sobre lo que la gente es capaz de hacer cuando ama algo con suficiente ferocidad. No el amor romántico, sino ese otro amor más duro y más raro: el amor a una causa, a un pueblo, a una memoria. London lo trata sin sentimentalismo, sin discursos, con la misma economía brutal con que describe un golpe en el ring. Y ahí está otra de las claves del cuento: el boxeo. El combate que Rivera debe ganar no es solo una pelea deportiva; es la forma en que la historia decide si la revolución recibe o no sus rifles. London, que conocía el mundo del pugilismo y lo admiraba como teatro de la voluntad humana, convierte ese enfrentamiento en algo que se lee casi sin respirar.
Publicado en 1911, el texto llegó en un momento en que la Revolución Mexicana era noticia viva, pólvora fresca. London tomó partido —como siempre tomaba partido— y escribió desde la simpatía hacia los de abajo, hacia quienes no tienen más arma que su propio cuerpo y su propia terquedad. Eso le da al cuento una urgencia que no ha envejecido, porque las revoluciones cambian de nombre pero la pregunta que plantean sigue siendo la misma: ¿cuánto estás dispuesto a sacrificar por algo en lo que crees?
Lo notable es que London no predica. No hay arenga ni panfleto. Hay un muchacho que no habla más de lo necesario, que sufre en silencio y actúa en silencio, y cuya grandeza el lector va descubriendo por capas, como quien pela algo que por fuera parece piedra y por dentro guarda otra cosa completamente distinta.
En pocas páginas —London era también un maestro de la forma breve—, este relato consigue lo que las novelas largas a veces no logran: hacerte sentir el peso de una vida entera y el filo de un instante decisivo al mismo tiempo. Eso es lo que te espera aquí. Un hombre pequeño contra el mundo, y el mundo que no sabe todavía con quién se ha metido.