Introducción
Hay una pregunta que Henry James nunca responde del todo, y esa es, precisamente, su forma de atraparnos. En «El mentiroso», un pintor retratista descubre que el marido de una mujer a la que amó en el pasado es, con toda probabilidad, un mentiroso compulsivo. Lo que sigue no es una investigación ni una confrontación: es algo mucho más inquietante. Es la contemplación.
James publicó este relato en 1888, en plena madurez de sus poderes, cuando ya había aprendido que la violencia más devastadora no ocurre en los hechos sino en la mirada que los interpreta. Su narrador observa, deduce, se indigna en silencio, y el lector, pegado a esa conciencia, empieza a preguntarse si lo que está viendo es realmente lo que hay, o si la mente que observa lleva sus propios fantasmas al lienzo.
Porque ese es el juego maestro de James aquí: la ambigüedad no es un defecto del relato, es su materia prima. ¿Miente el coronel Lyon? Sin duda, en cierto sentido. Pero, ¿quién más miente en estas páginas? ¿Quién se miente a sí mismo? El título, tan simple y tan acusador, termina por flotar sobre varios personajes a la vez, como una nube que no acaba de posarse.
Lo que hace singular a este James es la economía. Estamos ante un texto breve, casi un cuento largo, sin los laberintos de subordinadas que caracterizan sus novelas tardías. La prosa es tersa, casi clínica en su precisión, y sin embargo cada frase lleva una carga emocional que se percibe más que se enuncia. James confía en que el lector sienta el peso de lo que no se dice, y esa confianza es, en sí misma, una forma de respeto.
El mundo que retrata es el de la alta sociedad anglosajona de finales del siglo XIX: salones, retratos encargados, conversaciones de apariencia impecable. Un mundo donde la mentira no necesita ser grosera para ser letal, donde basta con el tono equivocado, la pausa demasiado larga, la sonrisa que no llega a los ojos. James conocía ese mundo desde dentro y lo diseccionaba con la frialdad afectuosa de quien ama algo y no puede dejar de ver sus grietas.
Hay también, en el centro del relato, una mujer. Y la manera en que James la coloca —visible, presente, y sin embargo misteriosamente opaca— dice más sobre las convenciones que aprisionaban a las mujeres de su época que cualquier diatriba directa. Ella es, quizás, el personaje más complejo de todos, el que el lector tardará más tiempo en comprender, si es que llega a comprenderlo.
«El mentiroso» pertenece a esa categoría de obras que se leen rápido y se digieren despacio. Uno termina las últimas páginas con una sensación extraña: algo ha ocurrido, algo importante, y sin embargo no hay cadáveres ni escándalos ni grandes revelaciones. Solo la certeza de que se ha asistido a una pequeña catástrofe moral, silenciosa como todas las que de verdad importan.
Leerlo es recordar por qué la literatura necesita a veces detenerse en lo pequeño para decir lo enorme. James lo sabía mejor que nadie, y en este relato lo demuestra con una elegancia que, más de un siglo después, no ha perdido ni un gramo de su filo.