Introducción
Hay una obsesión que Julio Verne nunca abandonó del todo, aunque la historia lo recuerde sobre todo por sus cohetes y sus submarinos: la obsesión por el tiempo. No el tiempo que se mide en años de vida o en siglos de civilización, sino ese tiempo más íntimo y más feroz que late dentro de un mecanismo de relojería, que avanza sin piedad y que, si se detiene, parece llevarse consigo algo esencial de lo humano. El maestro Zacarías es la obra en que esa obsesión se vuelve cuento, y cuento oscuro.
Escrita en 1854, cuando Verne era todavía un joven que buscaba su voz literaria entre el teatro y la prosa, esta novela corta sorprende porque no se parece en casi nada a lo que el mundo asocia con su nombre. No hay aquí continentes inexplorados ni máquinas portentosas que desafíen la física. Hay nieve, hay un lago suizo helado, hay una ciudad medieval que cruje bajo el invierno, y hay un anciano relojero que se está muriendo de una manera extraña: sus relojes se están muriendo con él.
El maestro Zacarías fue, en vida, el mejor artesano de su oficio. Dicen —y él mismo lo cree— que fue el primero en encerrar el tiempo dentro de un mecanismo portátil, en domesticarlo, en hacerlo obedecer. Pero esa convicción, que empezó siendo orgullo de artesano, ha ido convirtiéndose en algo más turbio: en la certeza de que su alma y sus relojes comparten el mismo resorte, de que si uno falla, el otro se rompe. Cuando los relojes que fabricó durante décadas comienzan a detenerse uno tras otro sin explicación posible, el viejo maestro entra en una espiral que mezcla la desesperación del inventor con algo que huele a pacto diabólico.
Verne conocía bien a Hoffmann y a Poe, y en estas páginas se nota. Hay una atmósfera gótica que resulta casi inesperada viniendo de él, una voluntad de explorar el lado sombrío de la razón humana: ese momento en que el genio se convierte en soberbia y la soberbia en perdición. El maestro Zacarías no es un villano ni un loco; es un hombre que amó demasiado su propia obra, que confundió la habilidad con el poder y el poder con la inmortalidad.
Lo que hace singular a este relato dentro de la vasta producción verniana es precisamente esa escala pequeña, casi de miniatura, que resulta tan apropiada para una historia sobre relojeros. No se salva el mundo ni se conquista el fondo del océano. Se intenta salvar a un padre. Se intenta salvar un alma. Y esa modestia de propósito le da una intensidad que las grandes epopeyas de Verne a veces diluyen en el asombro del espectáculo.
La hija del maestro, Geneviève, es el verdadero corazón moral del libro: una figura de lealtad y de amor filial que contrasta con la hybris de su padre sin juzgarlo, que lo acompaña hasta donde puede acompañarse a alguien que ha elegido un camino que no lleva a ningún lugar bueno.
Leer El maestro Zacarías es descubrir a un Verne anterior a sí mismo, todavía sin el andamiaje de la ciencia ficción que lo haría famoso, tanteando los bordes de lo fantástico con una libertad que la fama posterior no siempre le permitió. Es también encontrarse con una pregunta que no ha envejecido nada: ¿hasta dónde puede llegar un ser humano en su afán de dominar aquello que, por naturaleza, no le pertenece?
El reloj sigue en marcha. Abra estas páginas y escuche.