Introducción
Hay libros que huelen a pólvora y a especias, que suenan a sables desenvainados bajo un sol implacable, que tienen el color exacto del desierto cuando el horizonte tiembla de calor. El león de Damasco es uno de ellos. Emilio Salgari, ese escritor italiano que nunca salió de su país y sin embargo recorrió el mundo entero desde su mesa de trabajo en Turín, construyó con esta novela uno de sus universos más fascinantes: el Mediterráneo del siglo XVI, convulso, violento y extraordinariamente vivo.
Salgari es un fenómeno literario difícil de explicar a quien no lo ha leído. Publicó más de doscientas obras, vivió casi siempre en la pobreza, y sin embargo generó un imaginario de aventuras que marcó a generaciones enteras de lectores en Italia, en España y en toda América Latina. No era un escritor refinado en el sentido académico del término, pero poseía algo mucho más raro y mucho más valioso: la capacidad de hacer que el lector olvide que está leyendo. Sus páginas no se leen, se viven.
En El león de Damasco esa habilidad alcanza una temperatura particular. El escenario es el choque entre el mundo cristiano y el otomano, entre galeras que surcan el Mediterráneo cargadas de destinos cruzados, entre lealtades que se ponen a prueba y valentías que rozan lo legendario. Salgari no escribe historia con la distancia fría del cronista: la escribe con la urgencia de quien tiene algo que contar y teme que el tiempo se acabe antes de terminar.
Lo que distingue a esta novela dentro de la vasta producción salgariana es precisamente su atmósfera. Damasco, ese nombre que ya de por sí suena a misterio y a antigüedad, funciona casi como un personaje más. El Oriente que Salgari imagina no es un decorado pintoresco: es un espacio moral donde los hombres se miden de verdad, donde el coraje tiene consecuencias y la traición un precio.
El protagonista que Salgari coloca en el centro de todo esto no es un héroe de manual. Tiene la bravura que uno espera, sí, pero también una humanidad que lo hace creíble, que lo hace nuestro. Esa es la trampa invisible que Salgari tiende siempre: uno empieza a leer por la aventura y acaba quedándose por las personas.
Hay algo más que conviene saber antes de abrir estas páginas: Salgari escribía deprisa, con una energía casi febril, y esa urgencia se transmite al texto de una manera que ninguna revisión posterior podría mejorar sin destruirla. El ritmo de El león de Damasco es el de un corazón acelerado. No hay capítulo que no termine con algo pendiente, con una pregunta en el aire, con la necesidad física de seguir.
Leer a Salgari de adulto tiene además una dimensión inesperada. Uno descubre que aquellos libros que de niño parecían solo entretenimiento escondían, en realidad, una visión del mundo: la convicción de que la dignidad se demuestra con actos, de que la amistad es sagrada, de que hay causas por las que vale la pena arriesgarlo todo. Nada de eso ha envejecido.
Así que aquí está El león de Damasco, con su sol árabe y sus galeras, con sus hombres que se juegan la vida en mares que ya no existen tal como él los soñó. Ábralo cuando tenga unas horas por delante y no le importe perderlas gloriosamente.