Introducción
Hay cuentos que se leen en veinte minutos y se piensan durante veinte años. Este es uno de ellos.
Ambrose Bierce sabía de la guerra con una intimidad que ninguna biblioteca podía enseñar. Veterano de la Guerra Civil americana, había cruzado campos de batalla reales, había visto morir a hombres a su lado, había aprendido que entre la vida y la muerte no existe la distancia solemne que nos prometen los discursos, sino apenas un instante —un parpadeo, un disparo, el chirrido de una cuerda tensa sobre la madera de un puente—. Cuando escribió este relato, publicado en 1890, no inventó el horror: lo recordó.
La historia gira en torno a un hombre que va a ser ahorcado. Eso es todo lo que conviene decir de la trama, y aun así no es nada, porque el verdadero territorio de Bierce no es lo que ocurre sino cómo ocurre: la percepción alterada del tiempo en los momentos extremos, la mente humana aferrada a cualquier grieta de esperanza, la frontera porosa y traicionera entre lo real y lo imaginado. Bierce construye su relato como un mecanismo de relojería en el que cada pieza encaja con una precisión casi cruel.
Lo que hace singular a este cuento entre toda la literatura de guerra es su negativa a ser épico. No hay banderas ni causas ni heroísmo. Hay un hombre, una soga, el sonido del agua bajo un puente en Alabama, y el tiempo —ese tiempo subjetivo, elástico, mentiroso— que Bierce manipula con una maestría que anticipó técnicas narrativas que el siglo XX creería haber inventado. Leerlo hoy, conociendo la historia del cine y de la literatura moderna, produce el asombro extraño de encontrar el origen de algo que creíamos contemporáneo.
Bierce fue un hombre difícil, irónico hasta el hueso, que firmó durante años una columna periodística temida en San Francisco y que compiló definiciones tan amargas como brillantes en su Diccionario del diablo. La crueldad inteligente que destila en sus artículos aquí se transforma en algo más complejo: una compasión fría, casi quirúrgica, hacia la fragilidad de la conciencia humana ante la muerte. No nos consuela. Pero tampoco nos abandona.
Existe además alrededor de este autor una leyenda que ningún biógrafo ha podido cerrar del todo: Bierce desapareció en México en 1913 o 1914, en plena Revolución, y nunca se supo qué fue de él. Esa desaparición —ese final sin final— le otorga a toda su obra una resonancia extraña, como si el hombre que escribió sobre los bordes de la existencia hubiera decidido, al final, cruzar él mismo hacia el otro lado sin dejar rastro.
Pocas veces un cuento tan breve ha generado tanto debate crítico, tantas relecturas, tantas adaptaciones. Hay en él algo que resiste el análisis y que solo se comprende leyéndolo: una arquitectura narrativa que parece sencilla y que en realidad es un laberinto construido con apenas unas pocas páginas.
Ábralo. Léalo de un tirón, como merece. Y cuando llegue a la última línea, siéntese un momento antes de volver al principio, porque querrá volver.