Introducción
Una de las mejores novelas cortas de Mark Twain y una de las sátiras más demoledoras jamás escritas sobre la hipocresía y la falsa virtud. Hadleyburg es «la ciudad más honrada y austera de toda la región», tan orgullosa de su reputación de incorruptible que enseña la honradez a sus niños desde la cuna y presume de ella ante todo el mundo. Pero un día ofende, sin querer, a un forastero de paso, que jura una venganza a la altura de su vanidad: no dañar a un hombre, sino corromper a la ciudad entera.
El plan es diabólicamente simple. El forastero deja en casa de los Richards un saco que dice contener una fortuna en oro, destinada al ciudadano anónimo que años atrás dio a un jugador arruinado un consejo salvador, reconocible por una frase secreta. Luego envía en secreto a cada uno de los diecinueve notables del pueblo una carta idéntica, sugiriéndole que él fue ese benefactor y revelándole la frase clave. Uno tras otro, los diecinueve pilares de la honradez de Hadleyburg fabrican una reclamación falsa para quedarse el oro.
En una asamblea pública memorable, los fraudes se destapan uno a uno entre carcajadas y humillación: la célebre honradez de la ciudad resulta ser «artificial y débil como el agua al llegar la tentación», pues nunca había sido puesta a prueba. El saco no contiene oro, sino plomo dorado. Escarmentada, la ciudad cambia su lema —«No nos dejes caer en la tentación»— quitándole el «no», y aprende por fin la humildad. Twain cierra con una ironía perfecta: ahora «tendrá que madrugar el que quiera sorprenderla mientras duerme indefensa». «El hombre que corrompió a Hadleyburg» es una obra maestra sobre la codicia oculta y la virtud no probada.