Introducción
Hay cuentos que se leen en diez minutos y se recuerdan toda la vida. El gigante egoísta es uno de ellos. Un gigante regresa a su castillo, encuentra a los niños jugando en su precioso jardín y, furioso, levanta un muro: «Mi jardín es mi jardín». Pero al expulsar a los niños expulsa también a la primavera, y sobre su jardín cae un invierno que no termina nunca.
Wilde, maestro de la paradoja, convierte una idea sencilla en una imagen inolvidable: el egoísmo se castiga a sí mismo con la esterilidad y el frío. Solo cuando el corazón del gigante «se derrite» al ver a un niño que no alcanza las ramas, y derriba el muro, la primavera vuelve. Y al final, ese niño pequeño —con las marcas de dos clavos en las manos y los pies— le abre las puertas de otro Jardín.
Ternura, belleza y un simbolismo que se despliega en la última página: el cuento habla de compartir, de arrepentimiento y de amor, y termina con una de las escenas más delicadamente conmovedoras de la literatura para todas las edades.