Introducción
Hay escritores que, cuando bajan la guardia, se revelan más que en sus grandes obras. Leopoldo Alas «Clarín» es uno de ellos. El mundo lo recuerda como el demoledor crítico literario que hacía temblar a los mediocres, o como el autor de La Regenta, esa catedral de la novela española del XIX. Pero existe otro Clarín —más íntimo, más vulnerable, más extrañamente tierno— que asoma en sus cuentos y artículos breves, y es precisamente ese el que habita estas páginas.
El gallo de Sócrates lleva en su título una pregunta disfrazada de anécdota. Cuenta la tradición que las últimas palabras de Sócrates, antes de morir por la cicuta, fueron un encargo prosaico: debían un gallo a Asclepio, el dios de la medicina, y había que pagarlo. Los comentaristas llevan siglos debatiendo qué quiso decir el filósofo con eso. Clarín también se lo pregunta, y en esa pregunta construye algo que no es un ensayo ni exactamente un cuento, sino una de esas formas híbridas que solo los grandes prosistas se permiten: la meditación que late como si tuviera pulso.
Lo que hace singular a este texto es su temperatura. Clarín escribe aquí sin la coraza del crítico feroz, sin el bisturí con el que diseccionaba a sus contemporáneos. Hay en estas páginas una búsqueda genuina —casi confesional— sobre la muerte, sobre lo que creemos cuando ya no podemos fingir que no vamos a morir, sobre si la filosofía alcanza para consolar o si al final todos debemos un gallo a alguien.
Es un texto breve, sí, pero la brevedad en Clarín nunca es simpleza. Su prosa tiene una densidad particular: cada frase parece haber sido pesada antes de escribirse, y sin embargo fluye con una naturalidad que desconcierta. Leerlo es como escuchar a alguien muy inteligente hablar en voz baja, sin querer impresionar a nadie.
El fin de siglo español —ese tiempo convulso en que Clarín vivió y escribió— era una época que también debía muchos gallos sin pagar. España atravesaba una crisis de identidad profunda, y los intelectuales de la Restauración cargaban con preguntas que la política no respondía: qué creer, cómo vivir, qué queda cuando se desmoronan las certezas heredadas. Clarín no esquiva esas preguntas; las encarna en la figura de un filósofo que se muere y piensa, hasta el último momento, en una deuda pequeña y enorme a la vez.
Hay algo profundamente moderno en esa imagen. No el héroe que muere con un discurso, sino el hombre que muere recordando lo que debe. Cualquier lector de hoy puede reconocerse ahí, en esa mezcla de lo trascendente y lo cotidiano que es, al fin y al cabo, la textura real de la existencia.
Leer a Clarín en este registro es también descubrir que la ironía —su arma más famosa— puede volverse compasión sin dejar de ser inteligente. Que el mismo hombre que destruía con una reseña podía, en la intimidad de un texto así, ponerse de rodillas ante un misterio y no tener vergüenza de hacerlo.
El gallo sigue sin pagarse. Abra estas páginas y acompañe a Clarín mientras intenta, con honestidad y con gracia, averiguar a quién se lo debemos.