Introducción
Un delicado cuento de los hermanos Grimm, una pequeña parábola sobre la inocencia, la fe y la caridad. El hijo de un pobre labrador oye un día al sacerdote decir en la iglesia que «quien quiere ir al cielo tiene que andar derecho». El niño se lo toma al pie de la letra y se pone en camino, marchando siempre en línea recta, por montes y valles, sin desviarse jamás.
Al final de su camino llega a una gran ciudad con una hermosa iglesia iluminada, y su inocencia lo lleva a creer que ha alcanzado el mismísimo Paraíso. Se niega a salir, convencido de estar en el cielo, y el sacerdote, conmovido, decide dejarlo. Al ver a los fieles adorar de rodillas una imagen del Niño Jesús, el pequeño la toma por Dios mismo y, apiadado, le ofrece compartir su pan: «¡Qué delgado estás, Dios mío!».
Entonces una voz le enseña la verdadera devoción: «Da a los pobres que tienen hambre y me contentarás a mí». El niño reparte su pan con una anciana mendiga a la puerta de la iglesia, y le parece que la imagen sonríe, más contenta cada día. «El festín celestial» es una tierna lección de que la caridad con el prójimo es la forma más alta de servir a Dios.