Introducción
Imagina un fantasma que lleva trescientos años haciendo su trabajo a la perfección —gemidos a medianoche, cadenas arrastradas por los pasillos, una mancha de sangre que repone con esmero cada mañana— y que un día se topa con unos inquilinos a los que, sencillamente, no logra asustar. Peor todavía: son unos norteamericanos prácticos que, ante sus aullidos, le ofrecen aceite de la marca Sol Naciente para que las cadenas dejen de chirriar, y que borran la mancha de sangre con un quitamanchas patentado. Así arranca El fantasma de Canterville, y basta ese comienzo para reconocer la sonrisa inconfundible de Oscar Wilde.
Publicado en 1887, cuando Wilde aún no había escrito ni El retrato de Dorian Gray ni sus grandes comedias, este fue su primer relato, y en él ya está entero: el ingenio como arma, la paradoja, la elegancia que nunca renuncia a la emoción. Wilde toma el molde polvoriento de la novela gótica —el castillo inglés, la maldición, el espectro— y lo pone patas arriba con una idea deliciosa: ¿y si el terror chocara de frente con el sentido común más descarado?
El resultado es una comedia irresistible. El pobre sir Simon, fantasma profesional y orgulloso de sus siglos de oficio, se ve humillado por unos huéspedes que se niegan a creer en él; sus mejores sustos se estrellan contra la indiferencia americana, y los traviesos gemelos de la casa le tienden emboscadas que lo dejan al borde de la desesperación. Wilde se divierte —y nos divierte— a costa de dos mundos: la vieja Europa aristocrática y solemne, y la joven América pragmática que le pone precio a todo.
Pero justo cuando el cuento parece solo una broma brillante, cambia de piel. Aparece Virginia, la hija menor de la familia, y en vez de burlarse del fantasma lo mira con algo que nadie le había ofrecido en tres siglos: compasión. Y entonces la historia se vuelve, casi sin que lo notemos, una meditación conmovedora sobre la muerte, la culpa y el descanso que solo el perdón puede conceder. Bajo la carcajada latía, todo el tiempo, una ternura escondida.
Esa es la firma de Wilde: usar el humor como puerta de entrada a algo más hondo. Nadie ha escrito frases más ingeniosas ni ha disimulado mejor su corazón detrás de la ironía. En pocas páginas despliega su arma más famosa y, cuando menos lo esperas, te desarma con una escena de auténtica belleza.
El relato fijó para siempre el arquetipo del «fantasma simpático» y ha sido llevado mil veces al cine, al teatro y a la animación. Es, además, una de las mejores puertas de entrada a Wilde, ese maestro que convirtió el talento en espectáculo y la elegancia en una forma de rebeldía.
Y lo mejor es que cabe en una sola tarde, dejando a la vez la risa y la emoción: una mezcla rarísima que casi ningún libro consigue.
Pocas historias logran que acabes encariñado con el villano hasta querer abrazarlo. Esta es una de ellas: entra en Canterville Chase dispuesto a reírte del fantasma, y prepárate para terminar de su lado.