Introducción
Hay una imagen que no se olvida fácilmente: una criatura que sube, sube durante horas por una torre de piedra húmeda, en la oscuridad más absoluta, sin haber visto jamás la luz del sol ni el rostro de otro ser vivo. Esa imagen pertenece a «El extraño», y en ella está contenido todo Lovecraft: el horror que no viene de fuera, sino de adentro; el descubrimiento que destruye; la identidad como trampa.
Howard Phillips Lovecraft escribió este relato breve en torno a 1921, y aunque su obra suele asociarse con monstruos cósmicos y dioses dormidos, «El extraño» es otra cosa. Es más íntimo, más quieto, casi lírico. Algunos lo han leído como una alegoría del propio Lovecraft —ese hombre de Providence que vivió encerrado, que tardó años en atreverse a salir al mundo, que se sentía profundamente ajeno a su época y a su especie. Puede que esa lectura sea demasiado fácil. Pero algo en ella resuena, porque el texto la permite, casi la invita.
Lo que hace singular a este cuento dentro de la producción lovecraftiana es su tono. No hay aquí la prosa desbocada de sus relatos más ambiciosos, ese estilo que acumula adjetivos como quien amontona piedras para construir una catedral del miedo. Aquí la voz es contenida, melancólica, casi elegíaca. El narrador habla de su vida pasada —si es que fue vida— con una nostalgia extraña, como quien recuerda un sueño del que no está seguro de haber despertado.
Y eso es precisamente lo que atrapa: la incertidumbre. Lovecraft construye una atmósfera de irrealidad que no se apoya en el susto repentino ni en la amenaza explícita. El horror aquí es ontológico —una palabra que suena grande pero que en este caso significa algo muy sencillo y muy terrible: no saber qué eres.
El relato dialoga, sin proponérselo del todo, con una tradición larguísima de personajes que se descubren a sí mismos en el momento más inoportuno. Hay algo de cuento de hadas oscuro, algo de pesadilla romántica, algo que recuerda a Poe —a quien Lovecraft admiraba con devoción casi religiosa— y algo que no se parece a nada anterior. Esa mezcla es difícil de lograr en pocas páginas, y Lovecraft la logra.
Para el lector de hoy, «El extraño» tiene además una virtud práctica: es una puerta de entrada perfecta a un autor que puede intimidar por su extensión, por su vocabulario, por la densidad de su mitología. Aquí no se necesita ningún conocimiento previo. Solo hace falta dejarse llevar por esa voz que narra desde un lugar que no termina de definirse, desde un tiempo que tampoco está claro.
Pocas veces un texto tan corto ha logrado instalar una pregunta tan grande. Y la pregunta no se formula en voz alta en ningún momento del relato —eso sería demasiado obvio para Lovecraft—, pero el lector la siente crecer página a página, casi sin darse cuenta, hasta que el final la hace estallar con una precisión quirúrgica.
Lo que tiene entre las manos es un relato de unas pocas páginas que se leen en menos de media hora y que, sin embargo, tardan bastante más en abandonar la memoria. Ábranlo cuando tengan un momento de silencio. Lo agradecerán.