Introducción
La torre de Babel no fracasó por el castigo divino, sugiere Kafka, sino por un exceso de sensatez. Al principio había demasiado orden: intérpretes, alojamientos, caminos, como si hubiera siglos por delante. Y ahí nació la trampa. Si dentro de cien años se construirá mejor y más rápido, ¿por qué esforzarse al límite hoy?
Así, la gran idea —una torre que alcance el cielo— se aplaza generación tras generación. El tiempo se gasta en otra cosa: en embellecer la ciudad de los trabajadores, en rivalidades por tener el cuartel más hermoso, en guerras sangrientas por vanidad. La torre no crece; solo aumenta la destreza artística… y las ganas de pelea. Al final, todos saben que es imposible, pero están ya demasiado atados a la ciudad para marcharse.
La parábola termina con una imagen sombría: la ciudad sueña con ser aplastada por un puño gigante «en cinco golpes sucesivos», y por eso lleva un puño en su escudo. Kafka convierte el mito bíblico en una alegoría del aplazamiento infinito, de la energía humana desviada hacia la rivalidad, y del secreto anhelo de que algo ponga fin a una empresa que ya no sabe terminar.