Introducción
Uno de los relatos más angustiosos de Edgar Allan Poe, sobre uno de los terrores más antiguos y universales del ser humano: ser enterrado vivo. El texto comienza casi como un ensayo, enumerando con frialdad casos reales y célebres de personas sepultadas por error, todavía vivas —halladas después en posturas de lucha desesperada dentro del ataúd—, para persuadir al lector de que «lo excitante es el hecho, la realidad, la historia».
Luego el narrador confiesa su propio drama: padece catalepsia, una enfermedad que lo sume en trances tan profundos que pueden confundirse con la muerte. De ahí nace una obsesión que lo devora día y noche, la idea del entierro prematuro. Aterrado, toma precauciones extravagantes: reforma el panteón familiar para poder abrirlo desde dentro, dispone resortes, una campana y almohadillas, y vive «temblando como las trémulas plumas de un coche fúnebre».
El horror culmina una noche en que despierta en la más completa oscuridad, con una materia sólida a pocas pulgadas de su cara: cree, con certeza espantosa, que ha caído en trance lejos de casa y que unos desconocidos lo han enterrado «como a un perro» en una fosa común y anónima. Lanza un alarido de agonía… y unas voces ásperas le responden. No estaba en una tumba: se había dormido en la estrecha litera de una chalupa cargada de tierra, y los marineros lo sacuden para despertarlo. El terror, en su mismo exceso, lo cura: abandona sus lecturas macabras y renace a la vida. «El entierro prematuro» es una obra maestra sobre el miedo, la imaginación y su poder de crear el propio infierno.