Introducción
Hay una pregunta que Hans Christian Andersen se hizo toda su vida y que nunca dejó de dolerle: ¿dónde vive la poesía? No en los salones dorados, no entre los que nacen con apellido y fortuna. Andersen lo sabía bien, él que había llegado a Copenhague siendo un niño pobre de Odense con los zapatos rotos y la cabeza llena de sueños. La respuesta que encontró —y que destila en este cuento breve y luminoso— es tan sencilla que resulta casi escandalosa: la poesía vive donde nadie la busca.
«El duende de la tienda» arranca en el lugar más prosaico que quepa imaginar: una tienda de comestibles, con sus barriles de mantequilla, sus sacos de harina y su olor a especias baratas. Allí habita un pequeño duende doméstico, el nisse de la tradición escandinava, ese ser diminuto y práctico que a cambio de un plato de gachas con mantequilla cuida la casa y trae buena suerte. El duende de esta historia es feliz con su trato: gachas calientes cada Nochebuena, y él, fiel como un perro, del lado del tendero.
Pero un día descubre que en el piso de arriba vive un estudiante. Un joven sin dinero que compra los libros viejos del tendero —libros que este usa para envolver embutidos— y que por las noches lee en voz alta. Y de esas páginas, para asombro del duende, brota algo que no sabe nombrar pero que lo deja paralizado en el umbral: la poesía.
Andersen construye este cuento como quien afila un cuchillo pequeño. No hay dragones ni princesas, no hay viajes al fin del mundo. Hay una escalera entre dos pisos, y en esa escalera, una de las preguntas más antiguas de la literatura: ¿qué vale más, la seguridad o la belleza? ¿El plato de gachas o la llama que quema y deslumbra?
Lo que hace grande a este relato no es su argumento —que cabe en media página— sino su temperatura. Andersen escribe con esa mezcla característica suya de ternura e ironía, de humor suave y melancolía honda. El duende es cómico y entrañable, pero también es un espejo. Cuántas veces hemos elegido nosotros también la comodidad del tendero frente al riesgo luminoso del estudiante.
Publicado en la madurez de su autor, el cuento pertenece a esa etapa en que Andersen ya no escribía para niños sino a través de los niños, usando la inocencia del cuento de hadas para decir verdades que los géneros serios no se atreven a pronunciar con tanta claridad. La brevedad es aquí una virtud calculada: el cuento termina antes de que podamos defendernos de él.
Leerlo lleva menos tiempo que preparar un café. Y sin embargo deja esa clase de poso que solo dejan las cosas verdaderas: la sensación de que algo se ha movido levemente en el interior, de que una pregunta ha quedado flotando en el aire de la habitación. ¿Del lado de quién estamos? ¿Del tendero, del estudiante, o de ese duende que se asoma a la escalera y no sabe todavía qué nombre ponerle a lo que siente?
Esa pregunta es suya ahora.