Introducción
Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe, cultivó también lo sobrenatural, y este breve relato lo prueba. En la buhardilla alquilada de una honesta viuda londinense, dos personas que suben a ver al relojero lo encuentran colgado de una viga. Y ven algo aún más extraño: otro hombre, subido a un escabel, sostiene el cuerpo y hace ademán de cortar la soga con un cuchillo… pero da golpes y se detiene, golpea y se detiene, sin llegar nunca a soltarlo, mientras les hace señas de que no entren.
Cuando por fin, impacientes, irrumpen en la habitación, el relojero sigue colgado, pero del otro hombre —y del escabel— no hay rastro. Todo era un engaño de «criaturas espectrales». Defoe no deja lugar a dudas sobre la identidad del falso salvador: era el diablo, que, fiel a su costumbre, primero había tentado al hombre a quitarse la vida y luego se quedó a asegurarse de que consumara su propia destrucción.
Un relato mínimo y escalofriante, contado con el tono de crónica verídica que Defoe dominaba, sobre la tentación, la desesperación y el mal que se demora hasta cumplir su obra.