Introducción
Uno de los casos más ingeniosos de Sherlock Holmes: no por la deducción, sino por la actuación. La señora Hudson, aterrada, hace venir al doctor Watson: Holmes lleva tres días muriéndose de una rara enfermedad oriental, contagiosa y mortal, contraída —dice— investigando entre marineros en los muelles. Demacrado, delirante, con los labios costrosos y los ojos febriles, el gran detective apenas deja que Watson se acerque.
Pero nada es lo que parece. Holmes, que desconfía del ojo clínico de su amigo, lo mantiene a distancia y lo envía a buscar a un tal Culverton Smith, plantador de Sumatra y única «autoridad» en esa enfermedad… y también el hombre que asesinó a su propio sobrino con una caja de marfil provista de un resorte envenenado, y que había enviado esa misma caja a Holmes. Escondido tras la cabecera, Watson asiste a la escena en que el asesino, creyéndose a solas con un moribundo, confiesa su crimen entre burlas.
Entonces Holmes pide «un fósforo y un cigarrillo» con su voz de siempre: el agonizante era pura ficción —tres días de ayuno, vaselina y belladona—. Un relato brillante sobre el arte del disimulo y la paciencia, donde el detective se revela también como consumado actor.