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Acerca del libro

Portada de El detective moribundo

Arthur Conan Doyle

El detective moribundo

Sherlock Holmes finge estar muriéndose de una enfermedad oriental para tender una trampa a Culverton Smith, el asesino que mató a su sobrino con una caja de resorte envenenado y que intentó lo mismo con el detective. Escondido tras la cama, Watson escucha la confesión del criminal, hasta que Holmes, «resucitado», pide un cigarrillo. Un relato de Conan Doyle sobre el arte del disimulo.
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Portada de El detective moribundo
El detective moribundo
Arthur Conan Doyle

Introducción

Uno de los casos más ingeniosos de Sherlock Holmes: no por la deducción, sino por la actuación. La señora Hudson, aterrada, hace venir al doctor Watson: Holmes lleva tres días muriéndose de una rara enfermedad oriental, contagiosa y mortal, contraída —dice— investigando entre marineros en los muelles. Demacrado, delirante, con los labios costrosos y los ojos febriles, el gran detective apenas deja que Watson se acerque.

Pero nada es lo que parece. Holmes, que desconfía del ojo clínico de su amigo, lo mantiene a distancia y lo envía a buscar a un tal Culverton Smith, plantador de Sumatra y única «autoridad» en esa enfermedad… y también el hombre que asesinó a su propio sobrino con una caja de marfil provista de un resorte envenenado, y que había enviado esa misma caja a Holmes. Escondido tras la cabecera, Watson asiste a la escena en que el asesino, creyéndose a solas con un moribundo, confiesa su crimen entre burlas.

Entonces Holmes pide «un fósforo y un cigarrillo» con su voz de siempre: el agonizante era pura ficción —tres días de ayuno, vaselina y belladona—. Un relato brillante sobre el arte del disimulo y la paciencia, donde el detective se revela también como consumado actor.

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