Introducción
Edgar Allan Poe abre este relato con un audaz ensayo filosófico: existe en el alma humana, sostiene, un impulso primitivo que los moralistas y los frenólogos han ignorado, y al que llama «el demonio de la perversidad». Es «un móvil sin motivo, un motivo no movido»: la tendencia a obrar mal, o contra nuestro propio interés, por la simple razón de que sentimos que no deberíamos hacerlo. «Las cometemos simplemente porque sentimos que no deberíamos».
Poe ilustra esta fuerza con ejemplos memorables y universales: las ganas de exasperar a alguien con rodeos innecesarios; la tentación de posponer una tarea urgente hasta arruinarla; y, sobre todo, el vértigo del precipicio, donde el horror a caer se transforma en un deseo irresistible de arrojarse. «No hay pasión en la naturaleza tan demoníacamente impaciente como la de aquel que, temblando en el borde de un precipicio, medita un salto».
Solo entonces el narrador revela su caso: es un asesino que planeó y ejecutó un crimen perfecto —envenenar a su víctima con una vela—, heredó su fortuna y vivió años seguro e impune, repitiéndose «estoy seguro». Hasta que un día el propio demonio de la perversidad le susurró que podría ser tan tonto como para confesar; y esa idea, irresistible, lo arrastró a gritar su culpa por las calles, entregándose a la horca. «El demonio de la perversidad» (1845) es una de las intuiciones psicológicas más penetrantes de Poe: la anticipación del inconsciente y de la pulsión autodestructiva.