Introducción
Hay escritores que parecen haber nacido con una sonrisa torcida, de esas que no invitan exactamente a la comodidad. Ambrose Bierce era uno de ellos. Veterano de la Guerra Civil americana, testigo de lo peor que los hombres son capaces de hacerse unos a otros, Bierce desarrolló una visión del mundo que oscilaba entre la carcajada y el escalofrío, y que encontró en el cuento breve su forma perfecta de expresión. «El dedo medio del pie derecho» es, en ese sentido, una pieza que lo contiene todo: el humor negro más afilado, el horror más cotidiano y una ironía tan fina que corta sin que uno se dé cuenta hasta que ya es demasiado tarde.
El título mismo es una declaración de intenciones. Hay algo deliberadamente grotesco en él, casi burlesco, como si Bierce quisiera avisarnos desde el principio de que no va a tomarse nada demasiado en serio, ni siquiera aquello que debería tomarse muy en serio. Esa tensión entre lo ridículo y lo terrible es precisamente el territorio que este autor habitó con más naturalidad que ningún otro escritor de su época.
La América que Bierce retrató no era la del sueño optimista y la frontera conquistada. Era la América de los cadáveres sin nombre, de los vecinos que guardan secretos, de las casas que acumulan historias que nadie quiere recordar. Sus personajes no son héroes ni villanos de manual: son personas ordinarias atrapadas en situaciones que los desbordan, y esa ordinariedad es lo que hace que sus historias resulten tan inquietantes. Uno termina un cuento de Bierce y mira alrededor con cierta desconfianza renovada.
Lo que distingue a este relato dentro de su obra es la manera en que combina el tono de crónica casi periodística —Bierce fue periodista toda su vida, y se nota— con una escalada hacia lo inexplicable que sucede casi sin que el lector lo perciba. La prosa avanza con la seguridad de quien sabe exactamente adónde va, aunque el lector no lo sepa. Y cuando llega el momento en que todo encaja, la sensación no es de susto sino de algo más perturbador: la certeza de que el mundo tiene grietas, y de que a veces algo se cuela por ellas.
Bierce escribió en una época en que el realismo dominaba la narrativa americana, y él lo subvirtió desde dentro, usando sus mismas herramientas —la observación precisa, el detalle concreto, el lenguaje sobrio— para llegar a conclusiones que el realismo no podía ni quería admitir. En ese sentido, es un escritor profundamente moderno, más cercano a nosotros de lo que su siglo XIX podría sugerir.
Leerlo hoy produce una extraña familiaridad. Sus personajes viven en comunidades pequeñas donde todos se conocen y nadie se conoce del todo, donde la respetabilidad es una máscara que se lleva con esmero y el pasado nunca termina de irse. No hace falta situar eso en la América de 1880 para reconocerlo.
«El dedo medio del pie derecho» es un cuento breve, de los que se leen en una sentada, pero de los que no se olvidan con facilidad. Tiene esa cualidad de los mejores relatos cortos: la de ocupar más espacio en la memoria del que ocupa en el papel. Bierce sabía que el horror verdadero no necesita explicarse, solo insinuarse, y aquí lo demuestra con la precisión de un cirujano que sonríe mientras trabaja.
Lo que tiene entre las manos es una pequeña obra maestra del género, escrita por alguien que entendió mejor que nadie que lo cómico y lo macabro no son opuestos sino cómplices. Ábralo, pues, con la misma mezcla de curiosidad y cautela con que se abre una puerta que lleva demasiado tiempo cerrada.