Introducción
Años después de escribirlo, Edgar Allan Poe hizo una confesión desconcertante: aseguró que El cuervo, el poema más desgarrado y musical de la lengua inglesa, no había brotado de un arrebato de dolor, sino que lo había construido con la frialdad de un relojero. Primero decidió el efecto que quería producir —la melancolía— y la extensión exacta; luego eligió, por su sonoridad lúgubre, la palabra que serviría de estribillo; y solo entonces, hacia atrás, fue armando el resto. Ningún verso, dijo, se dejó al azar.
Que uno lo crea del todo o sospeche que Poe exageraba para epatar, lo cierto es que el poema funciona como una máquina perfecta de tristeza. Es medianoche, en pleno diciembre. Un hombre solo, deshecho por la muerte de su amada Leonora y agotado por la falta de sueño, oye que algo golpea a su puerta. Cuando abre la ventana, entra con solemnidad un cuervo negro que se posa sobre el busto de Palas y ya no se mueve. El hombre, medio en broma, le pregunta su nombre, y el ave responde con las dos únicas palabras que sabe pronunciar y que no dejará de repetir: Nunca más.
A partir de ahí asistimos, verso a verso, a un descenso. Cada pregunta que el doliente le hace al pájaro está calculada para que la respuesta —siempre la misma— le clave el puñal un poco más hondo. ¿Volveré a abrazar a Leonora en el otro mundo? Nunca más. ¿Habrá bálsamo para esta pena? Nunca más. El hombre conoce la respuesta antes de preguntar, y aun así pregunta: se tortura a sí mismo, y el cuervo no es más que el eco fúnebre de su propia desesperación.
Ahí está la genialidad de Poe: aquí no hay monstruos ni sangre. El horror es puramente interior, la manera en que el dolor puede convertirse en una voz que se instala en la casa y en la cabeza y nos condena a repetirla. El cuervo no ataca; simplemente se queda, inmóvil sobre la puerta, y esa permanencia resulta más aterradora que cualquier violencia.
Curiosamente, la idea del ave parlante no era del todo suya: Poe la tomó de un cuervo que aparece en una novela de Charles Dickens, y el ritmo hipnótico lo adaptó de un poema de Elizabeth Barrett Browning. Con materiales prestados levantó algo absolutamente propio e irrepetible; publicado en enero de 1845, lo hizo famoso de la noche a la mañana, aunque —como casi todo en su vida— no lo sacara de la pobreza.
Su música es inseparable de su emoción. El ritmo obsesivo, las rimas internas, la caída del «Nunca más» al término de cada estrofa convierten la lectura en un hechizo; por eso conviene leerlo despacio, incluso en voz alta, para sentir cómo el cerco se va cerrando. Baudelaire y Mallarmé lo tradujeron con devoción, y su cuervo se ha vuelto un emblema universal de lo fúnebre.
Es breve —dura lo que dura una noche de insomnio— y por eso conviene entregarse a él sin prisa, dejando que cada estrofa suba un peldaño más hacia la locura.
No hará falta que enciendas ninguna vela: el poema trae consigo su propia medianoche. Solo déjate llevar por su música y observa cómo un hombre, a fuerza de preguntar, se fabrica su condena. Cuando termines, esas dos palabras se habrán quedado a vivir contigo.