Introducción
En un vagón de tren bochornoso, una tía viaja con tres niños pequeños insoportables —cuyas frases empiezan todas por «¿Por qué?»— y un soltero desconocido en el rincón. La tía intenta calmarlos con un cuento «anodino y deplorablemente aburrido» sobre una niña tan buena que un grupo de admiradores la salva de un toro gracias a su carácter moral. Los niños lo despedazan sin piedad: «Es el cuento más estúpido que he oído en mi vida».
Entonces el soltero, harto, se ofrece a contar uno. Y arranca una obra maestra de subversión: érase una vez Bertha, una niña «horriblemente buena», tan buena que ganó tres medallas —obediencia, puntualidad, buena conducta— que tintineaban al caminar. Por su bondad, el Príncipe la deja pasear por su parque prohibido. Pero un lobo entra en el parque… y son precisamente las medallas de la bondad, al tintinear mientras tiembla escondida, las que delatan a Bertha. El lobo la devora hasta el último bocado. «Todo lo que quedó de ella fueron sus zapatos, jirones de ropa y las tres medallas por bondad».
Los niños quedan encantados —«tuvo un final precioso»— y la tía, escandalizada, protesta que ha arruinado años de educación. Pero el soltero baja del tren con la victoria: «los he tenido callados durante diez minutos». «El cuentista» es Saki en estado puro: una sátira brillante y cruel contra la moraleja edificante, que defiende el arte de contar por encima del didactismo y se ríe de la buena conducta premiada.