Introducción
Roberto Arlt escribía como quien tiene prisa. Prisa por contar, por denunciar, por llegar al hueso de las cosas antes de que la vida —siempre mezquina con él— le cerrara el paso. Murió a los cuarenta y dos años, con la máquina de escribir todavía caliente, y sin embargo dejó una obra que sigue respirando con una urgencia que ningún siglo ha logrado enfriar. El crimen casi perfecto es, en ese sentido, un libro que lleva su marca más íntima: la fascinación por los márgenes, por los perdedores inteligentes, por esa grieta minúscula donde el plan perfecto se deshace.
Arlt no era un escritor de salón. Hijo de inmigrantes en Buenos Aires, conoció la pobreza con una familiaridad que duele, trabajó de periodista en los márgenes del oficio y convirtió su mirada oblicua sobre la ciudad en literatura. Esa mirada —desconfiada, irónica, capaz de encontrar lo grotesco donde otros solo ven lo cotidiano— es exactamente la que recorre estos relatos policiales. Porque El crimen casi perfecto es un libro de cuentos policiales, sí, pero decirlo así es quedarse muy corto.
Lo que Arlt hace con el género es algo parecido a lo que haría un mecánico brillante y algo anarquista con un motor de lujo: lo desmonta, estudia cada pieza con curiosidad genuina, y lo vuelve a armar de otra manera. El crimen aquí no es un enigma elegante para mentes privilegiadas. Es un acto humano, demasiado humano, cometido por personajes que sudan, que mienten mal, que calculan con la desesperación de quien no tiene otra salida. La inteligencia que despliegan no es la del detective de biblioteca: es la inteligencia torva y creativa de quien ha aprendido a sobrevivir en una ciudad que no le regaló nada.
El cuento que da título al volumen es una pequeña obra maestra de la perversión narrativa. Sin revelar nada de lo que ocurre, basta decir que Arlt consigue que el lector sienta simultáneamente admiración y vértigo ante la lógica de su criminal, y que el adjetivo «casi» del título cargue, al terminar la lectura, un peso que no tenía al empezar. Es el tipo de historia que uno recuerda días después, cuando está haciendo otra cosa completamente distinta.
Hay en estos relatos una Buenos Aires que ya no existe y que sin embargo se reconoce: los conventillos, los cafés de mala muerte, los personajes que viven en esa zona turbia entre la ambición y la resignación. Arlt los observa sin condescendencia y sin romanticismo. Los trata como lo que son: seres complejos atrapados en circunstancias que los superan, capaces de actos sorprendentes —para bien y para mal— precisamente porque no tienen nada que perder.
Leer a Arlt en el siglo veintiuno produce una extraña sensación de contemporaneidad. Su prosa, áspera y veloz, con esa sintaxis que a veces parece a punto de romperse, suena más moderna que la de muchos autores recientes. No porque sea perfecta —él mismo sabía que no lo era— sino porque es completamente honesta. Cada frase tiene el peso de algo que importa.
Este libro es una puerta de entrada ideal para quien no lo conoce, y un placer distinto para quien ya lo ha leído. Arlt pertenece a esa categoría escasa de escritores que uno no termina de agotar, porque cada lectura encuentra algo que la anterior había dejado pasar. Ábralo, entonces, sin demasiadas expectativas ordenadas. Déjese sorprender por ese «casi».