Introducción
Hay escritores que parecen haber nacido enojados con el mundo, y Ambrose Bierce era uno de ellos. Veterano de la Guerra Civil americana, periodista temido en San Francisco, hombre que vio morir a sus hijos y que un día cruzó la frontera hacia México para no regresar jamás, Bierce destilaba en cada línea una amargura que, paradójicamente, resulta deliciosa. El club de los parricidas es quizá la muestra más concentrada de ese veneno tan bien administrado: un conjunto de relatos breves que funcionan como pequeñas máquinas de relojería construidas para explotar en la última frase.
El título ya lo dice todo, y al mismo tiempo no dice nada. Porque Bierce no escribe sobre crímenes en el sentido policial del término. Escribe sobre algo más perturbador: la lógica secreta que habita bajo los actos que la sociedad condena. Sus personajes no son monstruos; son, con frecuencia, personas perfectamente razonables que han llegado a conclusiones que nadie se atreve a pronunciar en voz alta. Ahí reside el escalofrío particular de estas páginas: no en la sangre, sino en el argumento.
Bierce pertenece a esa tradición anglosajona del humor negro que no pide perdón. Edgar Allan Poe le enseñó que el cuento corto puede ser un instrumento de precisión quirúrgica; Mark Twain le demostró que la ironía americana podía ser tan afilada como cualquier navaja europea. Pero Bierce fue más lejos que ambos en su disposición a incomodar, a dejar al lector sin el consuelo de una moraleja clara o de un villano convenientemente castigado.
Lo que distingue a estos relatos de la simple provocación es su arquitectura. Cada historia está construida con una economía casi cruel: no hay adorno que no cumpla una función, no hay personaje que exista por accidente. Bierce era periodista, y se nota. Sabía que el lector tiene prisa, que la atención es un bien escaso, y que la única manera de atraparla es no desperdiciar ni una sola palabra. El resultado son piezas que se leen en minutos pero que permanecen durante días.
Hay también en este libro una dimensión filosófica que conviene no ignorar. Bierce fue contemporáneo de Nietzsche sin haberlo leído —o quizá sí, quién sabe—, y compartía con él cierta fascinación por los límites de la moral convencional. Sus personajes no matan por pasión ni por locura: matan, cuando matan, por coherencia. Esa coherencia es lo que resulta verdaderamente inquietante, porque obliga al lector a seguir el razonamiento paso a paso y a preguntarse en qué momento exacto debería haber dicho que no.
Leer a Bierce en el siglo XXI tiene algo de experiencia anacrónica y al mismo tiempo urgente. Vivimos en una época que ha redescubierto el humor oscuro como forma de supervivencia, que celebra las series donde los protagonistas son moralmente ambiguos y donde las instituciones resultan tan corruptas como los individuos que las desafían. Bierce llegó antes. Llegó mucho antes, y con menos presupuesto.
Tampoco conviene olvidar que este hombre desapareció literalmente. A los setenta y un años, Ambrose Bierce se internó en el México revolucionario de Pancho Villa y nunca más se supo de él. Ningún cadáver, ninguna carta final, ningún testigo fiable. Para un escritor obsesionado con la muerte y con los finales inesperados, resulta difícil imaginar una última página más coherente con su obra.
Estas historias son, en el fondo, una invitación a pensar lo que normalmente preferimos no pensar. Bierce no juzga a sus personajes, y esa neutralidad calculada es su mayor provocación. La risa que provocan —porque provocan risa, una risa incómoda y algo culpable— es la señal de que algo verdadero ha rozado al lector. Ábrase este libro, pues, con la misma precaución con que se abre una carta cuyo remitente uno ya sabe que no trae buenas noticias.