Introducción
Hay libros que comienzan con el mar en calma y terminan con algo que ya no tiene nombre. El chancellor es uno de ellos. Julio Verne, ese hombre que cartografió lo desconocido con la misma precisión con que otros cartografían lo familiar, eligió aquí un escenario que no es la luna ni el fondo del océano ni el centro de la tierra, sino algo mucho más perturbador: la superficie del Atlántico, ese espejo infinito donde los hombres descubren lo que son cuando ya no les queda nada.
La novela se publicó en 1875, en pleno apogeo de los Voyages extraordinaires, la serie que Verne construyó durante décadas con su editor Hetzel. Pero quien busque aquí al Verne de la maravilla tecnológica o del optimismo científico encontrará algo diferente, casi incómodo: un Verne sombrío, despojado, que mira al ser humano sin la protección del ingenio ni del progreso. El Chancellor es un barco de carga que zarpa de Charleston con un puñado de pasajeros y una tripulación que guarda secretos. Lo que viene después no es aventura en el sentido festivo de la palabra. Es otra cosa.
Lo que hace singular a esta obra dentro del universo verniano es precisamente esa desnudez. No hay submarinos prodigiosos ni globos aerostáticos ni capitanes visionarios que dominen la naturaleza con la fuerza del intelecto. Hay seres humanos reducidos a su esencia más frágil, enfrentados a circunstancias que ninguna ciencia puede resolver. Verne, que tantas veces celebró la capacidad del hombre para conquistar el mundo, aquí se pregunta qué queda del hombre cuando el mundo lo conquista a él.
El relato está narrado en forma de diario por uno de los pasajeros, un recurso que Verne utiliza con una eficacia particular: la voz íntima, cotidiana al principio, va cargándose de una tensión que el lector siente crecer página a página, como el agua que sube en la bodega de un barco. Esa progresión es uno de los grandes logros de la novela. No hay un momento dramático único sino una acumulación, una lenta e inexorable presión sobre los personajes y sobre quien los lee.
Verne conocía bien la literatura de naufragios. Conocía a Poe, conocía las crónicas de desastres marítimos que llenaban la prensa del siglo XIX, conocía el poder casi hipnótico que tiene el mar cuando deja de ser escenario y se convierte en juez. Todo ese conocimiento está destilado en El chancellor con una sobriedad que sorprende. Hay páginas aquí que no se olvidan fácilmente, no porque sean espectaculares, sino porque son verdaderas.
Es también, en cierto modo, una novela sobre la comunidad humana bajo presión extrema: sobre quién lidera y quién se derrumba, sobre la generosidad y su contrario, sobre los pactos tácitos que hacemos con los demás cuando la civilización se adelgaza hasta casi desaparecer. En ese sentido, El chancellor habla de algo que no ha envejecido ni un día.
Los lectores que llegan a Verne por primera vez a través de esta obra suelen quedarse perplejos. Los que ya lo conocen suelen quedarse igualmente perplejos, pero de otra manera: descubriendo una dimensión del autor que sus novelas más célebres no anunciaban. Esa perplejidad es, en sí misma, una forma de respeto.
El Chancellor está esperando en el horizonte. Solo hay que abrir la primera página y dejar que el viento cambie.