Introducción
Hay escritores que se revelan del todo en sus novelas largas, y hay otros que guardan lo más secreto de sí mismos para los márgenes: los cuentos, los apuntes, las piezas breves que escriben casi sin que nadie mire. Leopoldo Alas «Clarín» pertenece a esta segunda estirpe. El mundo lo conoce por La Regenta, esa catedral narrativa que agota y maravilla a partes iguales; pero quien quiera saber qué latía de verdad en el interior de aquel hombre —el crítico temido, el catedrático de Oviedo, el ironista implacable— tiene que adentrarse en sus cuentos. Y entre todos ellos, El centauro ocupa un lugar extraño y luminoso, como una piedra preciosa encontrada en el bolsillo de un abrigo viejo.
El título ya es una declaración. El centauro es la criatura que no pertenece del todo a ningún reino: mitad bestia, mitad dios, mitad sueño, mitad carne. Clarín eligió esa imagen con la precisión de quien sabe exactamente lo que quiere decir y prefiere decirlo en forma de mito antes que en forma de argumento. Porque este relato no funciona como una historia convencional que avanza de principio a fin; funciona como una visión, como algo que se contempla más que se sigue.
Lo que hace singular a este texto dentro de la producción de Clarín es precisamente eso: la renuncia al realismo que lo hizo famoso. Aquí no hay provincia española, no hay hipocresía social fotografiada con lente despiadada, no hay personajes atrapados en la mediocridad de su tiempo. Hay otra cosa, más difícil de nombrar: una tensión entre lo terrestre y lo ideal, entre el cuerpo que pesa y el espíritu que aspira, resuelta no mediante la razón sino mediante la imagen poética.
Clarín escribió este cuento en los años en que el simbolismo y el modernismo comenzaban a filtrarse en las letras españolas como luz por las rendijas, y algo de ese aire nuevo se respira aquí. Pero él no era un modernista; era un hombre del siglo XIX que sentía con angustia genuina las preguntas del siglo XIX: qué queda cuando la fe se tambalea, qué significa ser humano si uno no sabe bien dónde termina el animal y dónde empieza el alma. El centauro no es un adorno mitológico: es una pregunta filosófica disfrazada de fábula.
Y sin embargo, lo que sorprende al leer estas páginas no es la densidad intelectual —que existe— sino la delicadeza. Clarín, el mismo que destrozaba con una reseña la reputación de un escritor mediocre, aquí escribe con una ternura casi contenida, como si tuviera miedo de romper algo frágil. Esa contradicción entre el crítico feroz y el prosista sensible es uno de los misterios más hermosos de su obra, y en El centauro se manifiesta con una claridad que pocas veces alcanza en textos más extensos.
Los lectores que llegan a Clarín por primera vez encontrarán aquí una entrada inesperada y perfecta: breve, intensa, sin el peso de las setecientas páginas que a veces intimidan a quienes se acercan a La Regenta. Los que ya lo conocen descubrirán una faceta que la fama de su obra mayor suele tapar. En ambos casos, el efecto es el mismo: la sensación de haber leído algo que no se parece a casi nada, escrito por alguien que sabía exactamente lo que hacía incluso cuando fingía no saberlo.
Abra estas páginas, pues, con la misma disposición con que se entra en un bosque al atardecer: sin prisa, con los sentidos alerta, dispuesto a que la luz cambie de un momento a otro.