Introducción
Una de las novelas más profundas y enigmáticas del siglo XX, la gran parábola inconclusa de Franz Kafka sobre el hombre frente a un poder inalcanzable. Una noche de invierno, un hombre conocido solo como K. llega a un pueblo cubierto de nieve, dominado por un Castillo que se alza en lo alto, envuelto en niebla y oscuridad. K. afirma haber sido contratado como agrimensor por las autoridades condales, pero desde el primer instante nada es lo que parece.
Para ejercer su cargo —o incluso para averiguar si de verdad ha sido contratado— K. necesita la autorización del Castillo, esa administración omnipresente e invisible cuyo funcionario supremo, el inaccesible señor Klamm, gobierna las vidas del pueblo sin dejarse ver jamás. Comienza así una lucha agotadora contra una burocracia laberíntica: mensajeros que no llevan a ninguna parte, expedientes interminables, funcionarios que deciden «de manera arbitraria», puertas que se abren solo para volver a cerrarse. Cuanto más se acerca K. al Castillo, más se aleja: «tenía la esperanza de alcanzarlo ese mismo día», y una y otra vez se le escapa.
En su empeño, K. se enreda con la posadera, con el mensajero Barnabás y su desgraciada familia, y sobre todo con Frieda, la camarera amante de Klamm, en una relación tan intensa como imposible. Kafka dejó la novela inconclusa —se interrumpe a media frase—, y en esa incompletitud reside parte de su fuerza: «El castillo» es la imagen definitiva de la existencia moderna como espera sin fin ante una autoridad, una verdad o una gracia que nunca terminan de concederse.