Introducción
Hay escritores que jamás vieron el mar desde la cubierta de un barco y, sin embargo, lograron que millones de lectores sintieran la sal en los labios y el viento en la cara. Emilio Salgari fue el más grande de todos ellos. Desde su Verona natal, rodeado de enciclopedias, atlas y relatos de viajeros, construyó un universo de aventuras tan vívido y tan generoso que todavía hoy, más de un siglo después de su muerte, sus páginas conservan ese calor particular de las historias contadas con pasión verdadera. El capitán del Djumna es, en ese sentido, una de sus criaturas más características: un libro que huele a especias, a pólvora mojada y a agua turbia de río.
El Djumna —el Yamuna, ese afluente sagrado del Ganges que atraviesa la India como una vena de plata— no es aquí un mero escenario pintoresco. Es casi un personaje. Sus orillas guardan selvas impenetrables, aldeas en llamas, emboscadas y fugas nocturnas; sus aguas llevan y traen destinos. Salgari entendió antes que nadie que un gran río puede ser tan dramático como un océano, y que la India colonial del siglo XIX ofrecía una tensión narrativa que ningún escritor de gabinete debía desperdiciar.
Porque hay que decirlo con claridad: Salgari no escribía para la posteridad literaria ni para los críticos de su época. Escribía para el lector. Para ese lector que abre un libro después de cenar, o en una tarde de lluvia, o en el tren, y necesita que algo ocurra, que alguien luche, que el bien y el mal se reconozcan sin ambigüedad pero sin ingenuidad. En eso residía su genio particular: en saber exactamente qué quiere sentir quien lee, y dárselo sin escatimar.
El capitán que da nombre a la novela pertenece a esa galería de héroes salgarescos que no son invencibles sino tenaces, que no carecen de miedo sino que actúan a pesar de él. A su alrededor, la India británica despliega sus contradicciones: la grandeza y la crueldad del Imperio, la resistencia de quienes son sometidos, la lealtad que surge en los lugares más inesperados. Salgari no era un pensador político en el sentido estricto, pero tenía un instinto moral muy afinado, y ese instinto le hacía simpatizar casi siempre con los que menos tenían.
Lo que sorprende al releer estas páginas es la velocidad. No la prisa torpe, sino esa cadencia precisa que no deja que el ojo descanse demasiado en un mismo paisaje antes de que algo cambie, antes de que el peligro adopte una nueva forma. Salgari dominaba el arte de la transición como pocos narradores de su tiempo, y eso convierte la lectura en una experiencia casi física.
Italia lo trató mal en vida: los editores se enriquecieron con sus novelas mientras él malvivía entregando manuscritos a destajo. Murió joven y en la miseria, dejando una obra descomunal que el mundo hispanohablante adoptó con una fidelidad que su país tardó más en demostrar. En España y en América Latina, Salgari formó a generaciones de lectores, fue la puerta de entrada a la literatura para incontables niños que después se convirtieron en adultos que seguían recordando sus títulos con una sonrisa.
Este libro es parte de esa herencia. Abrirlo es recuperar algo que quizás creíamos perdido: la certeza de que una historia bien contada no necesita justificarse ante nadie, que el placer de leer es en sí mismo una forma de inteligencia, y que hay autores cuya compañía, una vez conocida, resulta difícil de abandonar.