Introducción
Durante el otoño de 1843, un escritor de treinta y un años recorría de noche las calles de Londres —quince, veinte, treinta kilómetros de una tirada— mientras la ciudad dormía. Caminaba para pensar, para reunir el valor de escribir sobre algo que en el fondo detestaba: la hipocresía que rodeaba la Navidad. De aquellas caminatas febriles, y de apenas seis semanas de trabajo, nació Canción de Navidad, el cuento que, sin exagerar, reinventó la manera en que buena parte del mundo celebra estas fechas.
«¡Bah! ¡Paparruchas!», gruñe Ebenezer Scrooge cada vez que alguien pronuncia la palabra Navidad. Viejo, avaro, de corazón helado, para él los hombres solo valen lo que cuestan y la generosidad es una necedad. Con él nos cruzamos en las primeras páginas, y con él vamos a vivir la noche más extraña de su vida: la Nochebuena en que lo visitan, uno tras otro, tres espíritus —el de las Navidades pasadas, el de las presentes y el de las futuras— dispuestos a mostrarle lo que fue, lo que ignora a su alrededor y lo que le espera si no cambia.
Dickens envolvió su mensaje en un cuento de fantasmas porque conocía a su público: los espectros, las cadenas arrastradas en la niebla, las campanas que suenan solas eran el gran entretenimiento popular de la época. Pero bajo el escalofrío deslizó otra cosa. Él, que de niño había pegado etiquetas en una fábrica mientras su padre penaba en prisión por deudas, no podía mirar sin rabia la miseria infantil de la Inglaterra industrial. Y esa rabia, convertida en ternura, es el motor secreto del libro.
Por eso los personajes que no se olvidan no son los ricos, sino los pobres: el fiel y humildísimo Bob Cratchit y, sobre todo, su hijo enfermo, el pequeño Tim, cuya frágil alegría es capaz de partirle el corazón a cualquiera. Dickens logró algo dificilísimo: hacernos reír, estremecernos y llorar en un mismo relato, y salir de él con la certeza de que la bondad no es una debilidad, sino la única manera sensata de estar vivos.
El éxito fue fulminante. Los seis mil ejemplares de la primera edición se agotaron en Nochebuena; a los pocos días se habían vendido más de quince mil. Y sin embargo, por el alto coste del papel y de una encuadernación cuidada, Dickens apenas ganó unas libras. Le dio igual: había escrito el libro por convicción, no por dinero, y su recompensa fue ver cómo aquellas páginas empezaban a cambiar el modo en que la gente vivía el mes de diciembre.
Porque casi todo lo que hoy sentimos como «el espíritu de la Navidad» —la reunión, la mano tendida, la segunda oportunidad— quedó fijado aquí. De este relato descienden incontables películas y funciones, y el propio apellido Scrooge se volvió, en inglés, sinónimo de tacaño. Pocas obras tan breves han dejado una huella tan honda en la vida cotidiana de tanta gente.
Su pregunta, además, no se agota: ¿a cambio de qué gastamos los años, y a quién decidimos dedicarlos? En un mundo de prisas y de cuentas, Dickens insiste, con humor y con calor, en que la única riqueza que de verdad cuenta es la que se reparte.
Han pasado casi dos siglos y Scrooge sigue ahí, junto al fuego apagado de su despacho, negándose a creer en nada. Esta Nochebuena vuelven a llamar a su puerta; merece la pena quedarse a ver quién es —y en qué se convierte él antes de que amanezca.