Introducción
Entre todos los bienes que persigue el ser humano, hay uno que se resiste al dinero, al poder y a la prisa: la paz interior. A ella dedica James Allen su obra más íntima y contemplativa, El camino de la paz, un libro que se aparta de la búsqueda del éxito material para adentrarse en el territorio más hondo del alma.
Aquí, el maestro de la superación personal habla menos de prosperidad y más de serenidad; menos de circunstancias exteriores y más de la vida del espíritu. Allen enseña el poder del silencio y de la meditación como vías para aquietar la mente y escuchar la voz profunda de la verdad; el valor de las resoluciones firmes que ordenan la vida; y la fuerza transformadora de la aspiración a lo más alto y noble.
El corazón del libro es un ascenso, «una escalera mística —escribe— que va de la tierra al cielo, del error a la Verdad, del dolor a la paz». Sus peldaños son la purificación del corazón, el dominio de uno mismo y, sobre todo, la realización del amor desinteresado, que Allen considera la puerta de la paz perfecta. Porque solo quien se libera del egoísmo y aprende a amar sin reservas alcanza esa serenidad que ninguna adversidad puede ya turbar.
Lo notable de esta obra es que su paz no es evasión ni pasividad. No consiste en huir del mundo, sino en habitarlo desde un centro sereno; no es un regalo que llegue de fuera, sino una conquista interior, el fruto maduro de un largo trabajo sobre la propia mente y el propio corazón. Es, en cierto modo, la culminación de toda la enseñanza de Allen: de qué sirve dominar las circunstancias si no se alcanza la paz.
Escrito con una prosa serena, luminosa y casi mística, sembrada de aforismos para meditar, El camino de la paz se acerca a la sabiduría de las grandes tradiciones espirituales de Oriente y Occidente. No es un manual de técnicas, sino una guía del alma.
Leerlo, sobre todo en tiempos de ruido y ansiedad como los nuestros, es recibir una invitación tan sencilla como profunda: la de buscar, por debajo de todo lo que pasa y se agita, esa paz honda que —nos dice Allen— está siempre al alcance de quien de verdad la busca dentro de sí.