Introducción
Un perro muerde a un hombre en la plaza del mercado, y el inspector Ochúmelov llega a impartir justicia. Parece un asunto menor; es una radiografía perfecta del alma servil. Porque la sentencia del inspector no depende de los hechos, sino de una sola pregunta: ¿de quién es el perro?
Si es un perro callejero, hay que matarlo y multar al dueño; si es del general, entonces la víctima «se lo tiene merecido» y el animalito es «hermoso y vivo». Y como nadie sabe a ciencia cierta de quién es, Ochúmelov cambia de color media docena de veces en una sola página —severo, tierno, indignado, servil— según el rumor de turno. De ahí el título: El camaleón.
Chéjov no juzga ni sermonea: se limita a dejar hablar a sus personajes, y el ridículo se dibuja solo. En apenas mil palabras están el miedo al poderoso, la justicia que se acomoda y la comedia eterna del que adula hacia arriba y patea hacia abajo.