Introducción
Toledo, de madrugada, con las tropas napoleónicas acuarteladas en sus iglesias abandonadas. En una de ellas, entre sepulcros y estatuas cubiertas de polvo, un oficial francés levanta la vista y se queda sin aliento: sobre una tumba, esculpida en mármol, reposa la mujer más hermosa que ha visto jamás. El único problema es que es de piedra.
El beso parte de esa imagen imposible para levantar una de las leyendas más febriles de Bécquer. El militar, hombre práctico y descreído, se enamora de la estatua con una intensidad que ni él mismo entiende. Vuelve cada noche a contemplarla, le habla, la corteja; el capricho de soldado se convierte en obsesión, y la frontera entre lo vivo y lo esculpido empieza a borrarse dentro de su cabeza.
Bécquer aprovecha el choque de dos mundos. El oficial encarna la razón napoleónica, la burla ilustrada frente a las viejas creencias de un país ocupado; el templo silencioso guarda otra lógica, más antigua y más oscura, que no perdona la profanación. En ese contraste —el extranjero que se ríe de lo sagrado y el misterio que aguarda paciente— late toda la tensión del relato.
Como en las mejores páginas del autor, el amor es aquí deseo de lo inalcanzable. La dama de mármol resulta la mujer ideal precisamente porque es imposible: fría, perfecta, eternamente ajena. Bécquer, poeta del anhelo que nunca se cumple, encontró en esa estatua la metáfora exacta de una obsesión que solo puede terminar mal.
La ambientación hace el resto. Pocos han sabido pintar el Toledo nocturno como él: la penumbra de la nave, el brillo apagado de las armaduras, el guerrero de piedra que vela junto a su esposa, la sensación de que las estatuas podrían, en cualquier momento, respirar. La prosa avanza con la musicalidad de un poema y va apretando el aire hasta el final.
Se lee en un rato, pero deja una imagen que no se va: la de un hombre inclinándose sobre unos labios de mármol. El beso es Bécquer en estado puro —belleza, deseo y espanto entrelazados— y una puerta perfecta para entrar en su mundo de leyendas.
Acompaña al oficial en su última visita a la iglesia y descubre por qué, dos siglos después, estas páginas siguen siendo lo más parecido al miedo hermoso que ha dado la lengua española.